Los que dan paz – por J. JAVIER CHECA

Abrió la puerta y una tenue luz iluminaba el corto pasillo. Como en sus pensamientos, de color amarillo pajizo, cada vez que llegaba a esas horas su casa le recibía así, casi en penumbra, para no perturbar el descanso de los pequeños, quienes realmente le daban vida al hogar en cada despertar, en cada amanecer, en cada buenos días… Un ligero tintineo se acomodaba pausadamente en su interior según recorría la casa. El sonido, evocaba tiempos pasados que le recordaban épocas doradas de cariño compartido y alegrías desbordadas. Hoy todo era distinto. Cuando llegaba el invierno era él quien sorprendía al frío recibiendole con un helado gesto que su corazón guardaba incapaz de desprenderse de él. Atrás quedaron los abrazos calurosos con que regalaba sus saludos. Atrás quedaron los ojos abiertos de par en par como queriendo beber mientras miraba a quienes creyó una vez. Atrás quedó todo aquello que hoy no era más que un vago recuerdo que no hacía ya sino animarle a ser más él a cada momento. Asomó su curiosidad atravesando el umbral que separaba el pasillo del amplio salón. Allí la luz era fuerte, blanca impoluta, una luz que mostraba todo lo que un día vivió. Las voces eran ensordecedoramente mudas. Se respiraba frescura, ganas de vivir, sentimientos fracturados en pequeños gajos que se consumían en mínimas dosis para alargar cada instante. Allí estaban todos, incluso quienes nunca supieron de sí mismos ni de aquellos a los que acompañaban. Los que sí y los que no. Los que alguna vez. Los que nunca y los que siempre. Los que se fueron. Los que se quedaron. Los que nunca hablaron. Los que siempre dijeron nada. Los que una vez existieron siendo parte de su existencia y en ella se diluyeron… Y curiosamente se respiraba paz. En esa amalgama de maneras de ser y ver las cosas. En esa mezcolanza de pensamientos enfrentados y encontrados al unísono. Giró su rostro y su mirada se posó en un abeto repleto de bolas multicolor, abrazado por guirnaldas bordadas y figuras infinitas de trajes rojos y nieves reposadas. En su cúspide, la estrella. Su estrella. Aquella que siempre le guió y un día perdió perdiendo con ella el sentido de la compañía. Cerró los ojos unos segundos. Tantos como años convivió con lo que veía en ese momento. Y al abrirlos todo era oscuridad. Su única luz, la que salía de donde soltaba todas sus historias. Y los abrió de par en par. Como queriendo beber de donde no podía ver. Como hacía antaño. Y en esa oscuridad comenzó a ver. Se había apagado solo y solo él podría encenderse. Ya no necesitaba a nadie para ello. La vida seguía. Y lo seguiría haciendo. Con él y sin él. Y decidió ser árbol para poder cobijar. Abrazar sentimientos cual guirnalda de Pascua. Ser esa bola de color que nunca tuvo que dejar de ser. Sentirse estrella, para guiar a quien se lo pidiera, pero sobre todo, guiarse a sí mismo. Nunca supo como comenzó a perderse. Ni siquiera porqué quiso encontrarse. Quizá lo que vio en ese salón, otrora suyo. Quizá la luz tenue, la que siempre le acogió. Quizá fue ese espíritu de la Navidad que nunca apreció y que hoy anhelaba. Quizá la misma luz que le faltaba en su oscuridad. Aquella que un 25 de diciembre de un año cualquiera fue capaz de alumbrar el camino a lo que siempre fue.

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Foto de Elena Silvela (iPad)

J. Javier Checa

J. Javier Checa Ha publicado 74 entradas.

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