Los extremos se tocan – por EMILIA MARTÍNEZ RUIZ #microrrelato

Su padre y su madre razonaron con ella por turnos, insistiendo en que ya tenía quince años y debía dejarse de niñerías; les replicó, con aparente humildad, que cuando les convenía le aseguraban que todavía era una niña. Después, pasaron a lamentar con voz melosa lo mucho que se aburriría los tres fines de semana que estaría incomunicada si no obedecía. Siempre cumplían sus amenazas, y accedió a ir con ellos y sus hermanos mayores a comer en familia al sitio de siempre.

Se vistió de forma estrafalaria sabiendo que no le permitirían pisar la calle de aquella guisa, prolongaría dócilmente los cambios de ropa hasta cansarlos y lograr que la dejaran en casa como otras veces. Se equivocó. Al verla fingieron no darse cuenta de su aspecto, si bien tragaron saliva con los ojos desorbitados. Enfurruñada, se prometió a sí misma cambiar de estrategia en el futuro: “ellos” cada día eran más astutos.

Durante la comida, no probó el plato que pidieron para ella, no participó en la conversación y contestaba con monosílabos a las preguntas; con el móvil en el regazo enviaba mensajes  quejándose de su suerte y recibía otros de condolencia y ánimo. De pronto, su madre comentó que a su edad debía ser más sensata y no vestirse de aquella forma tan llamativa. Alzó la cabeza pensando que se refería a ella y vio a su familia pendiente de un hombre y dos mujeres; una de ellas, octogenaria como mínimo, también había atraído  miradas reprobatorias de otros comensales: alta, delgada, cutis como de porcelana sin maquillaje, pelo blanco, abundante, muy corto, y ataviada con un conjunto color coral indescriptible por  lo  extravagante. Se sentaron a la mesa de al lado.

 Dejó el móvil, se centró en el trío, y fue sintiendo una empatía creciente hacia la que catalogó con cierta admiración de señora exótica, su atuendo y su mohín disgustado le hablaban de tácticas y rebeldías semejantes a las suyas. Luego, la vio  remover con desgana el cuenco de  verduras que pidieron para ella, y,  cuando la dejaron sola para saludar a unos amigos,  vaciar en el centro de mesa la botella de agua que le adjudicaron, beberse las copas de cerveza de sus acompañantes y comerse las rodajas del embutido que habían elegido para sí mismos, y poner una expresión de suprema inocencia cuando volvieron y la observaron  acusadores al comprobar la desaparición de bebida y comida, y las verduras intactas.  

Al salir  pasó junto a la señora, las miradas de las dos se cruzaron e intercambiaron  sonrisas traviesas, como si se hubiesen reconocido mutuamente: una con setenta años más, otra con setenta años menos.

 

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