Los cuentos de Coloane y las hojas coloradas de las alamedas santiaguinas – por PEDRO PABLO MIRALLES

En febrero de 2014 pasé unos diez días en Santiago de Chile, en ese país encorsetado por dos inmensidades de la naturaleza, la cordillera de los Andes y el más grande y bravo de los océanos que hace poco honor a su nombre, el Pacífico. Por aquel entonces y ahora, sus habitantes ya paseaban por esas inmensas alamedas, pero por desgracia no con tanta libertad como vaticinó con anterioridad el presidente Salvador Allende. El Chile de hoy padece un neoliberalismo económico sangrante de almadraba, las desigualdades socioeconómicas siguen ahí imperturbables y los chilenos viven ahogados con sus “grandes” aspiraciones de poder llegar a comprar una televisión de plasma de muchas pulgadas y un carro, aunque siempre pagando a cuotas durante no se sabe cuántos años, los años más importantes de sus vidas.

Me di unas cuantas caminatas por las calles y avenidas de Santiago en ese comienzo del otoño cuando en nuestra tierra puede empezar a asomar la primera. La verdad es que la ciudad no es monumental, pero tiene mucha vida, unas avenidas y alamedas grandiosas. Entré en una librería, compré varios libros, entre otros una lección pendiente de mis lecturas chilenas, los “Cuentos completos” de Francisco Coloane, fallecido en el 2002 a los noventa y dos años. De camino al lugar donde me hospedaba por las grandes alamedas, recogí del suelo unas cuantas hojas coloradas más bien pequeñas que introduje en el libro de Coloane entre sus cerca de quinientas páginas.

Quien quiera conocer el cabo de Hornos, el golfo de Penas, la Tierra del Fuego, el estrecho de Magallanes y la vida en esos lugares sureños del continente americano y las encrespadas, peligrosas e interminables aguas que los rodean del Atlántico al Pacífico,  sin tener que desplazarse los más de seis mil kilómetros que los separan de España, tendrá suficiente con leer a Coloane y, después, si se atreve y puede, valdrá la pena intentar hacer ese viaje maravilloso. No había leído los cuentos de Coloane hasta hace un mes, pero el libro me esperaba pacientemente, con las hojas coloradas de las Alamedas santiaguinas en sus cuentos reales. Y ahora, terminada la lectura, no sé que me ha gustado más si los cuentos de ese insigne autor chileno o las hojas coloradas que mantienen una fuerza y vitalidad asombrosas.

 

Pedro Pablo Miralles

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