Los burros de antaño – por CRISTINA LÓPEZ-SCHÜMMER

Me gustan los burros. Cuando los veo pastando tras un cercado -qué poquitos se ven ya- levanto el pie del acelerador y sonrió; tan independientes, tan pequeños, tan pausados y cautos, con sus espesos pelajes de color blanco, gris ceniza o negro y sus grandes y bellos ojos almendrados, de mirada fija y brillante.

Como esto de escribir es un batiburrillo de ideas que se agolpan y quieren salir, me viene a la cabeza Proust y su famosa magdalena mojada en té que le hace evocar el pasado, y pienso que el hecho de no ser francesa tiene la culpa de que mi pasado lo evoquen los burros; la sangre castellana me hace más prosaica, me temo. Porque cuando acuno los recuerdos de mi infancia, resuenan las palabras que Juan Ramón Jimenez le dedicó a un burro, leídas una y mil veces en mis prácticas interminables de lectura que tanto odiaba:

Platero es pequeño, peludo, suave…
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña; 
pero fuerte y seco por dentro, como de piedra…”

Mis “magdalenas de Proust” son el olor del heno y de la paja blanda y suave que se almacenaba sobre las cuadras vacías de casa de mis abuelos. Descuella de entre los ecos que trae mi infancia, el tañir ronco de la campana de la iglesia de la plaza llamando a misa, el entrechocar de los cascos de las mulas sobre el suelo empedrado del corral y el rebuzno de los burros por la mañana. Cuando acuno los recuerdos de mi infancia, hay una Cristina con trenzas apretadas y rodillas manchadas de mercromina que extiende la palma de la mano, bien tensa, bajo el hocico de un burro ofreciéndole una rebanada de pan con Nocilla.

burro

Cristina López-Schümmer

Cristina López-Schümmer Ha publicado 38 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *