Los besos escondidos – por DANIEL HUERGA

Estoy en la misa de la Primera Comunión de mi ahijada Sofía. Es la única ahijada que tengo. Tengo también un ahijado, pero es mayor. Ya comulgó hace mucho.

Leen el capítulo 15 del evangelio de Juan. (No me sé los capítulos de memoria; lo he mirado antes de escribir esto, no os vayáis a pensar…).

Escucho, como se escucha muchas veces en misa: medio atento, medio en Las Batuecas. En esto, Arancha, que está de pie a mi izquierda, llama mi atención tirándome del brazo y me dice:

—Eso es una relación forzada.

—¿El qué?

—Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

Es el versículo 14. Lo acababan de leer. Sí, lo había escuchado, pero con poca atención. Arancha tiene 13 años. A veces sentencia con el sentido común de un anciano.

—Pues es cierto —le confirmo. —Eso es una relación forzada.

—Sí, porque te están poniendo condiciones a la amistad —concluye, iluminándome con esa sonrisa pícara de saberse lista.

Al repasarme el capítulo de Juan para compartir con vosotros este golpe de Arancha releí algunas frases del Evangelio que me perdí mientras hablaba con ella durante la misa (ahí sí que en Las Batuecas del todo).

Uno de los versículos, muy conocido, me llevó a una butaca de cine. Fue en el mes de diciembre de 2012. Mi amiga Cristina dice: “Nadie con un mínimo de sensibilidad puede ver Los Miserables sin llorar”. A Cristina le gustan mucho las sentencias. Como a Arancha. Cristina es así. Muy completita.

No estoy de acuerdo del todo con Cristina, aunque sea mi alma gemela (será que es alma melliza). Yo lloro mucho en el cine, y lloro siempre que veo Los Miserables. También lloro con Cinema Paradise (es más eficaz que las cebollas). No es porque sea sensible. Es porque soy un poco llorica. Cristina también lo es, pero porque es muy sensible. Tú tampoco lloraste en Los Miserables y, sin embargo, eres muy sensible. A lo mejor tenías seca la fuente de las lágrimas por aquella época.

En Los Miserables lloro cuando la Hathaway, con el pelo rapado, canta aquello de “Tuve un sueño que la vida se encargó de matar”. ¡Qué voz tiene esta chica! (¿Y quién no ha tenido un sueño que la vida se ha encargado de matar? ¿Y quién no ha tratado de resucitar un sueño, apostando porque no se haya muerto del todo?).

También lloro cuando suena con fuerza la marcha de la escena final. Es una música muy emotiva.

Pero la historia que me desencuaderna, la que me pone los pelos de punta, la que me desata un nudo en el pecho del que brotan todas las lágrimas que tengo guardadas desde siempre… es el gesto de Eponine.

Eponine está enamorada de Marius. No me extraña. Marius es un chico guapete y de familia de pasta que se ha metido a revolucionario porque es un idealista. Eso (lo de la pasta), y los corchetes del uniforme, gusta mucho a las chicas. A Eponine, más. Lo del idealismo, menos. Sois más prácticas (las chicas, digo). Marius la considera su amiga, pero Eponine se hace ilusiones.

En esto que aparece Cosette. Y, claro, Marius pierde el sentido. ¡Cómo no, con esa carita de no haber roto nunca un plato que tanto nos gusta a los hombres! Le sumas la melena rubia y los ojos claros de la Amanda Seyfried, que está de romper, y el pobre babea que escurren los churretones por la pantalla. Yo también babeaba en la butaca, pero era por otra cosa.

A la pobre Eponione se la llevan los demonios —como lo correcto sea “le”, a la que se van a llevar los demonios es a Cristina—, cuando pilla a Marius y Cosette declarándose su amor entre los barrotes de una verja (un dueto precioso, por cierto). Celos, rabia… Dolor… (¡Es que me ha hecho tanto daño…!) Pues hete aquí que la mujer tiene la ocasión de quitarse de encima a Cosette cuando un grupo de revolucionarios va a prenderla. Tiene dudas. ¿Cómo no va a dudar? ¡Lo tiene tan chupado! Si mira para otro lado… ¡Y esa duda la recoge tan bien un primer plano…! Pues la tía, con un par, grita para advertir a Cosette y que pueda huir. Sublime.

A mí, ya con esto, se me empieza a aflojar la humedad del ojo. Pero el remate me da cuando, subidos en la barricada, Eponine advierte que un hombre dispara a Marius. Entonces, de un salto —y aquí no muestra duda—, se interpone entre la bala y el hombre al que ama y del que sabe que no es correspondida. Y, por toda recompensa, muere en sus brazos.

Es cuando me acuerdo de ese versículo que os digo que también escuché en la misa. El 13. Como los años de Arancha: “No hay amor más grande que el de aquel que da la vida por un amigo”.

Y es cuando rompo a llorar.

En Cinema Paradise lloro por los besos. Los ocultos. Los censurados. Los escondidos. Cuando se muestran todos al final. Todos los que nos dimos. Y los que nos quedan.

manos unidas 4

Daniel Huerga

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