Los ángeles no son eternos – por DIDE DART

Cada tarde, al final de la jornada escolar, ella esperaba que la vinieran a buscar para llevarla de regreso a casa. Apenas tenía cinco o seis años, sentada en un banco del jardín aguardaba mientras observaba las bandadas de golondrinas que con su nervioso piar parecían estar llamándose unas a otras a fin de reagruparse en sus nidos, antes de que el sol se ocultase, hasta que divisaba a contraluz la esperada silueta de su padre.

Aquella carretera, bordeaba parte de la costa de una bellísima ciudad del Mediterráneo, perdiéndose en un horizonte de magníficos atardeceres teñidos de grises, azules, naranjas y negros. Pese a lo plácido del paisaje y el feliz momento de regreso a casa, una extraña e inquietante emoción la mantenía con la mirada ansiosa, observando aproximarse desde la distancia, atentamente,los edificios que marcaban la entrada a la ciudad, justo ese era el punto en el que comenzaba aquel inmenso muro impidiendo ver el mar, durante un trecho solo se podía ver aquella enorme y oscura pared, pero justo casi llegando al final, allí, ¡ahí! sobresaliendo desde detrás, estaba “El”. Como cada día allí estaba, observándola pasar con su pequeña sonrisa y aquellas inmensas alas desplegadas, como si en cualquier instante fuese a levantar el vuelo .

Debido a su corta edad ella ignoraba quien o qué era ese personaje, también desconocía qué ocultaba aquel muro además del mar, pero curiosamente jamás se atrevió a preguntarlo, tal vez intuyendo algún ancestral y oculto misterio que no debía ser desvelado. Cada día le decía adiós y le regalaba una sonrisa, llevándose en el alma una infantil sensación de pena por la soledad de aquella magnífica y bella criatura.

La niña creció y, como ocurre siempre, todo cambió; todo menos aquellos cielos grises, azules, naranjas y negros, salpicados de golondrinas que regresan a sus nidos. Ya ningún muro impide ver el mar, en su lugar ha quedado un extenso terreno cubierto de pedazos de pared, lápidas y ángeles de enormes alas y pequeña sonrisa… diseminados por el suelo.

Un atentado de orden político arrasó aquel camposanto cristiano de aquella ciudad del Mediterráneo, de magnifico cielo gris, azul, naranja y negro donde sigue habiendo golondrinas pero en el que ya los ángeles no tienen permiso para volar.

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Dide Dart

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