LOL – por JAVIER PECES

Parece una tontería pero es rasgo de civilización. En Europa se ríe bajito, y solamente en casos excepcionales se eleva el tono para hablar o reír “en alto”. Por el contrario, España es paraíso de ruidosos e infierno para los que aman el silencio, el descanso y la introspección.

Desde el arrepentimiento lo dice uno, después de experimentar la máxima felicidad juvenil a lomos de una Bultaco. Afortunadamente, un progenitor con más cabeza que su retoño prohibió el disfrute de aquella bestia de dos ruedas durante los horarios convencionalmente dedicados al descanso. Gracias, padre, y perdón por aquellas pataletas de adolescente.

Sin embargo, el estereotipo de “niño montado en ruido” no es, ni mucho menos, el más molesto. Se cuentan por miles los bares, discopubs, antros y demás locales de bachata, bacalao y otros latrocinios semejantes. Pueblan la fauna urbana española los camiones de basura, las motos de aspirar hoja de árbol, las máquinas cortacéspedes, las furgonetas de reparto, los macarras con coche tuneado hasta la sordera, los borrachos cantarines y los maltratadores sobrios y ebrios, por citar una pequeña muestra del ecosistema urbano español.

No hace tanto que nos dijeron que entrábamos en Europa. De repente, un grácil salto a los montes Pirineos nos incorporaba a la crème de la crème de occidente. Por razones que no vienen al caso, se nos permitió disfrutar del espejismo por tiempo limitado. Aquello parecía gratis. Un día nos acostábamos norteafricanos y al día siguiente amanecíamos europeos. Llegó el dinero fácil. Se arrancaron encinares y viñedos enteros. Se cerraron las pocas industrias que sobrevivían al canto de la sirena del “que inventen ellos”, más por vocación de empresario que por otra cosa. Murieron nuestras vacas y ovejas pasadas a cuchillo por las subvenciones de Bruselas. Los aceituneros antiguos de Jaén entonaron la piccolissima serenata en honor a sus nuevos propietarios.

Nadie nos ilustró al respecto de los costes de esta transformación. Cada tribu elige su lugar en la Europa de varias velocidades. O incluso fuera de ella. Si queremos que se nos respete y considere, no nos queda más remedio que ganar a pulso la papeleta de sitio. El ruido ensordecedor no nos ayuda a estar en la Europa de la gente eficiente, educada, silenciosa y respetuosa del descanso ajeno. Reivindicar con firmeza, pero sin necesidad de alzar la voz, es una asignatura pendiente de esta estirpe de bajitos con mala leche.

Cualquier otra manera de actuar nos condena a formar parte de otra Europa. Por ejemplo, la que se caracteriza por ser un monocultivo del turismo barato, zafio, alcohólico e incluso suicida. Con agravante de inoportunidad geográfica, porque consta que los mallorquines están entre los españoles más sosegados, silenciosos y respetuosos. No merecen, de ningún modo, ser mundialmente conocidos por la estampa vomitiva de las noches de verano en Magaluf.

Sin embargo, estamos a tiempo de rectificar, elevar nuestro propio nivel y madurar como colectivo. Esto no ocurrirá por iniciativa de nuestros políticos, empeñados en hacernos más tontos y alienados para manipularnos con más facilidad. Será a pesar de ellos, y si somos capaces de enderezar el rumbo despertaremos, ahora sí, el asombro del mundo conocido.

Tenemos a la vista unas cuantas transiciones pendientes. Por ejemplo, la del pisoteo al respeto, la de la superficialidad a la introspección, la del individualismo al esfuerzo colectivo, la de la facilidad a la calidad, la del ruido al silencio. En nuestra garganta y en nuestra mano está.

españa desde el espacio

Javier Peces

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