Lo que no sale en las fotos; de Madrid al Cielo – por FERNANDO REVIRIEGO

“−Aquí.. el jefe..”, dijo señalando al dueño del bar en el que nos encontrábamos “..dice que desde entonces no distingo entre un vaso de agua y uno de orujo.”.
Hubo ciertas miradas de complicidad en el bar, pues todos sabían que aquello era rigurosamente cierto. Eran las tres de la tarde, y el bar se encontraba prácticamente vacío. Felipe, el dueño del bar, su mujer y sus dos hijas que atendían las mesas, Manuel, una pareja de ancianos que jugaba a las cartas al fondo del local, y nosotros seis.
El Hogar del Pensionista nunca estaba demasiado concurrido, y no acertábamos a comprender el porqué, ya que la comida era buena, barata, y la terraza daba al puerto.
La hija del dueño trajo una ración de jureles, que puso en la mesa donde se encontraba Manuel. Este le dirigió una larga sonrisa a la pequeña mientras nos preguntaba si éramos de Madrid, acercándose a nuestra mesa. César respondió afirmativamente. Lo cierto es que si bien todos vivíamos allí, tres de nosotros habíamos nacido fuera, Mikel en Barcelona, Armando en Ciudad Real e Iñaki en Mondragón. Una mezcla interesante.
“−..De Madrid al cielo.. De Madrid al cielo..” repitió Manuel sonriendo, y como si se encontrara fuera de sí. Decirle que ramos de Madrid le había traído recuerdos que el pensaba que ya se habrían perdido el interior de su cerebro hacía años; tantos como él tenía.
El telediario terminó, y comenzamos a jugar un chinchón. Siempre terminábamos las comidas de aquella manera. Los dos que perdieran pagarían las copas. Armando era indefectiblemente uno de esos dos. Manuel seguía sentado junto a ellos.
“−¿..Anda porque non te traes un ribeiro..?”, dijo Manuel con su inconfundible acento gallego. Felipe le llenó la copa hasta los bordes. En apenas un minuto el vaso quedó vacío sobre la mesa.
“−..De Madrid al cielo..” repitió.
Manuel era delgado y pequeño. Parecía tan frágil, que cada vez que se sentaba nadie pensaba que pudiera volver a levantarse.
No era más que huesos y pellejo, y pequeño, ya que desde hacía diez años no hacía más que encoger y encoger, tanto que todos le decían que llegaría un día en el que no sería más grande que una botella de vino. Él siempre se reía cuando le decían aquello.
“−..Trabajé en la General Motors..”, dijo mientras levantaba otro vaso de ribeiro. La tarde pasaba, y las botellas de Ribeiro caían una tras otra en nuestra mesa mientras seguíamos jugando.
Nos encendimos unos “pitos”.
“−..Sin piedad..” era el lema que Manuel gritaba cada vez que pedían una nueva botella. El Chinchón había desaparecido entre las botellas dejando paso a una apacible conversación, en la que Manuel llevaba la voz cantante.
“−..Hice la mili en cuatro vientos..”. “−..Yo era el bandera, Uff de Madrid al cielo..yo conozco muy bien Madrid: Cuatro Vientos, Carabanchel, la Plaza Mayor..yo me conozo muy bien Madrid..”, Manuel bajó la voz en tono de complicidad y mirando de reojo por si alguien escuchaba. “−En la mili hice un poco de estraperlo…teníamos dos camiones y llevábamos lo que nos pedían tabaco.. un poco de licor, todo.. vamos no veáis la vida que nos dábamos. Éramos importantes allí..”.
Uno de los madrileños, en realidad el que había nacido en Ciudad Real, dijo “−Creo que es hora de irnos se va a hacer tarde para ir a la playa..”. Los otros miraron, hicieron un gesto afirmativo, pero ninguno tuvo las fuerzas suficientes para levantarse, así que siguieron allí, sentados, escuchando las aventuras que, a veces sin sentido alguno, salían sin descanso, como si de una ametralladora se tratara de la boca de Manuel.
Tardamos casi media hora en decidir levantarnos.
“−¿Por qué no nos hacemos una foto aquí..?” dije mirando hacia el puerto. Todos asintieron. Manuel nos dijo que él nos la hacía. Le indiqué donde tenía que dar. Él me dijo que no había problema. Nos pusimos los seis junto a la barandilla, justo entre dos sombrillas rojas que anunciaban Fortuna. Al fondo el puerto. Manuel agachó las piernas mientras nos enfocaba, y con una mano nos decía donde debíamos colocarnos.
“−..Esa foto no va a salir..” dijo Armando entre dientes, al ver que Manuel nos enfocaba a los pies. El flash parpadeó unos instantes hasta que por fin disparó la foto. Me devolvió la cámara.
Unos segundos después nos despedimos de Manuel. Mientras nos dirigíamos a la playa, Mikel insistió en que nos habíamos quedado sin foto. “−..Es una pena.. era una vista bonita”.
Yo también pensaba que aquella foto no habría salido, así que cuando semanas después, ya en Madrid, revelé el carrete y vi aquella foto, aunque eso sí, un poco torcida, en la que estábamos los seis, entre dos sombrillas de Fortuna y con el Puerto al fondo, no pudo reprimir una sonrisa.
Han pasado ya varios años de aquel viaje.
Todavía conservo aquella foto y cada veo que la veo y no puedo menos que acordarme de aquel viejo de nombre Manuel que hizo la mili en Madrid, en Cuatro Vientos.
Las fotos tienen algo especial, aunque normalmente lo especial no sale en ellas. Aquél viejo delgado y pequeño, frágil y charlatán, que doblaba sus piernas para tomar mejor aquella foto no salía en ella, aunque cada vez que la miro me acuerdo de él.
De lo que no sale en las fotos.

 

Fernando Reviriego

Fernando Reviriego Ha publicado 26 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *