Lo que me diferencia de ti – por EMILIO PARDO

Me preguntas qué me diferencia de ti y la respuesta es tan sencilla y compleja a la vez como explicarte que yo, nada más entrar en casa, corro a despojarme del calzado que cubre mis pies y ropa que tapa mi cuerpo porque fuera de la calle, del negro asfalto, siento como si se transformasen en cemento, que me pesan y me anclan demasiado al suelo; ese mismo suelo en el que tú te empeñas en tener los pies y hasta la cabeza.

Los pies en el suelo, decís, sintiéndoos sensatos sin daros cuenta que en realidad vivís atados a bloques de hormigón pesados que os impiden alzar el vuelo, a mentiras repetidas mil veces para tratar de transformarlas en verdad, a costumbres y poses que os son ajenas sin ser conscientes de que, queriendo o sin querer, con las mentiras, las poses y las costumbres impuestas habéis perdido las alas de vuestros corazones o, en el mejor de los casos, las tenéis atrofiadas como las tienen las gallinas o avestruces que como mucho son capaces de elevarse del suelo escasos centímetros a base de tristes y absurdos saltos; conatos de despegues condenados al fracaso.

Yo vuelo de verdad. Esa es la diferencia. Esa es la clave. Yo no miento ni me ato a poses, usos y costumbres que me son tan ajenas como superfluas. No dudo a la hora de entrar en El País de las Maravillas, en cruzar el tiempo para vivir otras épocas, en sentir que dentro de mi pecho nacen rosas y vuelan petirrojos mientras soy feliz al así sentirlo y describirlo, porque yo no miento. Ése es el porqué cuando yo estoy desayunando y me fijo en el retrato de una reina santa pasada, lo dejo todo para fotografiarlo una y cien veces hasta que sale bien, y el porqué al saber su vida me imagino y siento dentro, viviendo una nueva historia nunca contada. Donde los demás sólo veis color y algo más o menos exagerado, yo ya me he montado el sueño y ya estoy en esa época que me era ajena, en otro lugar nunca visitado, y sin embargo rezando en el medio del campo de batalla como rezaba ella; reina y santa.

Y aquí estoy, mientras amanece, subiendo el sol con mis sueños. Mientras tú y ellos dormís hundidos en cemento, en mentiras que lo ensucian todo, yo amanezco con el sol, limpio, despidiendo a la luna, como amanecen los amantes que se cuentan historias tras haberse amado; mirando por la ventana y viendo -donde otros sólo ven un pequeño balcón- todo un jardín en el que imagino que me pierdo, deshojando las horas en un paseo imposible entre rosales, hortensias, peonías y geranios, arbustos y madreselvas… todo un paseo de mañana de domingo cuando en realidad en ese pequeño espacio a duras penas cabría yo mismo junto a otro pero… ¡qué más da eso!. Yo siento que paseo, que miro y admiro y que cada rosa que me encuentro es una rosa más que dentro de mí nace y brota. Y ahí están las rosas, como trocitos de coral en mi mar de sueños.

Me preguntas qué me diferencia de ti y la respuesta es tan sencilla y compleja a la vez como explicarte que yo tengo un jardín y en él una rosaleda entera; un jardín en el que las glicinias, ya sin hojas por el otoño, me siguen flanqueando la entrada esperando a volver a reverdecer cuando regrese la primavera. Tan sencillo y complejo como que yo tengo un jardín donde tú sólo ves cemento.

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Emilio Pardo

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