Lo que ciega – por ELENA SILVELA #misescritos

Muchas veces pienso en la ira y el odio, no puedo evitarlo. La violencia de su eco siempre me perturba. Si lo observo en una tercera persona me remueve aún más las entrañas. Son, me lo parecen, las emociones negativas que más ciegan y anulan la vida de uno mismo. Porque no nos engañemos, somos auto-destructivos, potenciales guerreros propios dispuestos a cargar contra el propio cuerpo y mente a la mínima oportunidad.

Sí. La personalidad humana es endeble, aunque nos empeñemos en afirmar lo contrario. Nos retroalimentamos de continuos procesos de ceguera en los que la emoción dominante nos absorbe, nos transforma en personajes desconocidos, pasajeros del momento. Suele ser el espectador de la escena el único capaz de comprender lo inútil de la situación. Pues odiar o sentir ira son instrumentos y no fines. No es deseable convertirse de por vida en un airado. O en un ser que odia. Odiar y sentir son meros instrumentos momentáneos. Una defensa contra el susto de sentirse vulnerables. Lo demuestra bien el hecho de que es imprescindible zafarse de ellos para poder avanzar. Para seguir caminando. Ni siquiera se puede pensar con claridad en esos momentos.

Ira y odio son venenos del alma. Invasivos y corrosivos. Pues a pesar de ser instrumentos y servir para lo que lo hacen, el hombre se empeña en perpetuarse en ellos. “A más tiempo, mejor resultado”, piensa el afectado y cree acertar. Se relame en su descontento y reniega del mundo. La emoción justifica todos sus pasos, todos sus porqués, todo lo que dice o no dice. No quiere prescindir de ella de ninguna manera. Presume que despojándose de su emoción se quedará demasiado desnudo, vulnerable al mundo. Mejor consumido que transparente. Mejor airado que lloroso. Mejor odiar que olvidar.

Luego tenemos también a las gemelas: la soberbia y la envidia. Me refiero especialmente a aquel tipo de soberbia y envidia con denominación de origen castellana. Las de toda la vida en España. Recias, altivas, penetrantes. Duraderas. Son las que pasan a formar parte de la personalidad de uno y, sin solución de continuidad, se adhieren a la cadena del ADN. A partir de ahí pasan de generación en generación, sin saltarse a nadie. Escrupulosamente firmes. Se ven a distancia en la retina; la mirada se delata sola, no hace falta ni hablar. Para mucha gente, constituye todo un símbolo de fortaleza, una suerte de sello de distinción. Pocos comprenden su inutilidad. El escaso valor a largo plazo.

Elena Silvela

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