Lloras lloviendo, por PILAR RUBIO – #escritos

Llueve. Miras al cielo, que no llegas a ver. No sabes si verías una luna o nubes color cemento. Te ciega el agua, cayendo en mil chorros obstinados. Rebosa por las comisuras de tus ojos. Puedes fingir llorar. Eso te gusta. Pareces uno más.

Un nimbo de vapor hecho jirones juega a ser niebla, en el parque de siempre. Tú te concibes sólo. Imaginaria, imaginada soledad. Tus pasos, calmos, andando amortiguados por un velo de agua en las aceras, casi han llegado a chocar con otros pasos empañados. ¿También estarán solos, andando hacia una ducha, detrás de una cortina?, ¿en un motel? ¿Llegando hasta la ducha habrá moquetas, oscuras de fracasos, barro y tiempo? Acallando la marcha, la mirada. La mirada del mal o la locura. ¿La locura es el mal? ¿El mal siempre es locura? ¿Habrá también una mujer allí esperando? ¿En todos los demás mundos? En los mundos en los que también está lloviendo. En los mundos a los que se dirigen otros pasos. Pero hoy en tu cabeza tan sólo ocurre el agua. Tan sólo suena el agua. Ellas se enjabonarán, creyendo quizá que pueden ser lavadas. Alguien tendría que gritarles, despertarlas. Quitarles la cortina. Cortar en seco esos chorros que no limpian. Que como mucho escurren por sus vientres.

¿Qué haces aquí esta noche? Han pasado ya meses. Hubieras querido decirle tantas cosas. Nunca te dejó hablar. Por las noches, tus dedos acarician su pelo imaginario, su rostro imaginado. Te abrazas en la cama, estando sólo. Entonces es cuando abres el grifo. Miras hacia arriba. Cuando el agua rebosa, inundando tus párpados, crees que podría ser llanto.

La acera está vacía. Tan sólo ocurre el agua. Quizá pasa algún gato. Quizá algún transeúnte. Vacía. Excepto el agua. Escurre por tu cara, simulando lavarte la amargura, dejarte resignado, sufridor. Pero el pelo chorrea. Las cabezas no lloran. Como tú.

Casa, que nombre tan sereno, casa, casa. No quisieras parar nunca de decirlo. Vientre, cueva, donde el agua que cae siempre es caliente, donde hay una moqueta de silencio, un sofá en el salón, hay una casa. Donde te sientes tú, donde te quieren. ¿Hay casas para uno? ¿Hay casa si no hay nadie que espere? ¿Hay casa en el silencio? ¿En las noches de lluvia encuentras una casa?

No tuviste la culpa. Nada era más importante que los dos. Ella era tu vida. Eso no le gustó. Aquello fue demasiado según ella. ¿Por qué no te entendió? ¿Por qué quiso imponerte un modo de vivir? Siempre escurriendo el bulto. ¿Por qué se te escapó?

¿Cuántas veces habrás soñado con ella sin dormir? Puedes oler las velas, ver moverse su llama obsesionante en el espejo, entre vapor que juega con un disfraz de niebla. Conservaste la copia de la llave. Por algo era tu casa. Tan sólo suena el agua. Agua cayendo. Saltando y salpicando. Está cantando. Creerá que ha conseguido escurrir de entre tus dedos su piel húmeda y tibia. Creerá que una cortina la protege. Los islotes de nylon se le pegan. Su piel. Mojada por la lluvia de tu casa. Por tus lágrimas falsas que nunca llevan sal. Tus pasos, amortiguados por una alfombra sucia de desprecio y fracaso, se le acercan. A través de la cortina, quizá podrías tocarla, sujetarla. La cortina la acerca, la ofrece, inadvertida. Recupera un contorno y un color. La apresa.

Ella descorre la cortina. En su sonrisa afilada, ves tu Sombra. Las lágrimas saladas hoy te apresan a ti. No podrás escapar.

 

Fotografía de Alicia Miró
Fotografía de Alicia Miró

 

Pilar Rubio

Pilar Rubio Ha publicado 58 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *