Lleno de recuerdos – por EVA MARÍA CASTILLO

Le gustaba dibujar las iglesias de su pueblo, decían que tenía siete, pero la que más le gustaba era esta, la de Santa María en la que se casó, le gustaban sus líneas, sus arcos y cuando sonaban las campanas ver cómo salían los pájaros, los chicos y los grandes en bandadas piando sin cesar, menos las elegantes cigüeñas que con sus picos acompañaban el ritmo de las horas. Siempre que tenía un rato se sentaba en frente en la terraza del bar, dejaba a los amigos echando unas cartas y él se quedaba con su chato de vino y su libreta en la que anotaba versos y dibujaba cosas y momentos.

Alguna vez intentó colorearlo, le gustaría poder hacerlo tan bien como Yolanda, que pintaba sedas con esos colores que obtenía de plantas con nombres imposibles de recordar. No era que no lo hubiera intentado pero le gustaban así, a lápiz.

Muchos días se sentaba a tomar el café donde Luis, siempre atento a traerle el periódico con comentarios y dos azucarillos sin regañarle por sus kilos de más y nunca le faltaba una cuita sobre lo bien que le veía. Siempre buscaba la misma mesa, la de la esquina porque tenía el estanco en frente, así se aseguraba ver pasar a las mozas, las de antes con la gracia de ahora y preguntarles por unos y por otros. ¿Cómo andas majo? Esa simple pregunta era suficiente para echar un buen rato de charla y estar al tanto de la vida de medio pueblo, a veces de todos.

Cuando podía, en esas pocas mañanas que sus piernas le dejaban de doler, se animaba a bajar la cuesta del caño nuevo para recordar cómo cantaban las mujeres en el lavadero de piedra, aunque ya no se atrevía como antes a lanzar un guijarro desde el ventanuco para ver cómo les salpicada a las mozas afanadas con el jabón y la piedra que hacía a las más jóvenes en su sobresalto soltar el jabón perdiéndolo sin remedio en el agua clara que vertía el caño. Ahora no se usaba apenas, pero el correr del agua le bastaba para recordar las risas, las chanzas, los requiebros que les dedicaban los chicos cuando se acercaban saltándose la clase de Don César.

Ay,  Don César, a ese sí que daba gusto escucharle, entre latinajos y declamaciones, te contaba la vida y milagros de los santos y de los que no lo eran tanto, de los profetas y de los exegetas. Se le escapó una sonrisa al recordar el capón que se llevó, no sin razón, cuando dejó atrancada la puerta de las escuelas y hubo que salir de aquella manera.

Pensó que una tarde tenía que quedar a tomar unos chatos con Carlos para contarle todas estas cosas, pues la memoria ya le empezaba a fallar y sabía de buena tinta que él conocía mucho de la historia de este pueblo. Le contaría cómo de muchacho se bajaban todos los de la peña a tumbarse en la carretera del cementerio a ver las estrellas en la noche de San Lorenzo esperando a que cayeran todas a la vez sobre sus cabezas… o de aquel verano en el desfile de disfraces en el que se metieron once bajo un sombrero mejicano hecho con cartones de la tienda de bicis,… O de las chinas lanzadas en la fuente de la Pioja para hacer saltar a los renacuajos mientras esperaban a que el cohete sonara y ver salir a toros y caballos desde la Dehesa en los encierros de San Miguel. .  . Y la olma, nuestra Olma, en la que tantas promesas de futuro, entre besos robados bajo su sombra, se hicieron algunos que se fueron a la capital… ¡Uy, eso ya es mucho contar!, cuántas historias que darían para escribir un libro, muchas, pero ya tenía por donde empezar.

 

Eva María Castillo

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