LIBRO. “Mañana no será lo que Dios quiera” de Luis García Montero – por M.J. BARROSO

MAÑANA NO SERA LO QUE DIOS QUIERA

¿De qué hablan los poetas? ¿Qué puede nacer de un intercambio de pensamientos y sentimientos entre ellos? ¿Cómo se ve la vida a través de un diálogo de palabras compartidas? La respuesta es un minucioso mosaico de sensaciones agridulces, plagado de belleza, experiencias y sabiduría, que nos retrata a todos, desde un pasado oscuro como la Guerra Civil hasta el gris de nuestros días. Porque, al fin y al cabo, somos la manera de afrontar la vida con todas sus pruebas y nada en ella se va definitivamente, ni los muertos que la poblaron antes, ni los errores que cometeremos después. “Las vidas –dice Luis García Montero- se hacen bruma y luego las brumas regresan a la vida en la madera trabajada de los recuerdos…”.

El gran poeta granadino, Luis García Montero, dialoga en este libro con uno de los grandes poetas españoles de la posguerra, premiado y reconocido universalmente: Ángel González (1925-2008). Lo hace en forma de novela, pero su prosa es también poesía, en una biografía cargada de sensibilidad, ternura y admiración, que desgrana un significativo pedazo de nuestra historia.

“No sé si ustedes conocen al poeta Ángel González. Su palabra revela una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, superviviente estoico que lo ha visto todo…” Así comienza el retrato del poeta de vida azarosa que intentaba abordar los sentimientos más poderosos bajo la ironía o el humor.

García Montero recorre su infancia y adolescencia, con la mirada de un niño que ve cómo se transforma su ciudad, Oviedo, antes de la Guerra, y sufre el impacto de la tragedia en su propia familia. Un niño que con solo 17 meses está aprendiendo a escuchar, -como debe hacer todo escritor-, y en una foto aparece con el auricular en la mano, esperando las palabras de su padre fallecido.

“El fotógrafo lo captó así, esperando como una necesidad las palabras del otro, unas palabras que no llegaron nunca, unas palabras que él no pudo reclamar al teléfono frío, pesado e inútil, porque todavía no era capaz de hablar bien y de pedirle explicaciones al silencio. La protesta, sin embargo, flota en la seriedad de la fotografía.”

El poeta fue un “niño mimado”, pese a la temprana muerte de su padre, pero no tardaron mucho en caer las inquietudes, los miedos, las amenazas, y demasiado pronto comprendió “lo pequeño que se hace uno cuando crece…”

“Crecer es una tarea difícil, una fatalidad, una obligación de preguntarse no sólo adónde vamos, sino de dónde venimos y esas preguntas son como piedras que caen en la tranquilidad del lago y llegan el agua de inquietud.”

“Hasta que no se sufren, nadie puede imaginar cómo pesan los silencios de las horas violentas, la desorientación de los días estancados en el miedo, en el no saber…”

De esos días de infancia, soportando la inestabilidad política y las dificultades que atravesaban su madre y sus hermanos, González extrae las diferencias entre lo que supone el futuro y el porvenir, y que después plasmó en dos de sus mejores poemas.

El porvenir es una responsabilidad personal – escribe García Montero-, algo que uno debe labrase… Cuando el porvenir no acude en nuestra busca, deja como consuelo la ilusión del futuro.”

El pequeño Ángel vivió la guerra en Oviedo, en el seno de una familia republicana, cuando “los domicilios caían a la calle y las calles entraban en los domicilios porque se habían borrado las fronteras entre lo privado y lo público, y ahora el mundo se dividía entre el estado de guerra y el secreto.”

En ese ambiente de silencios, miedo y cristales rotos, las amistades cambian y la infancia termina. Así lo sintió cuando un joven falangista al que conocía, le apuntó con una pistola en el pecho y le dijo: “Sois familia de rojos y os voy a matar”. Ángel supo que era un juego, sabía que no le iba a disparar, pero también supo el significado de las lágrimas que le cayeron “hacia adentro”…

“… Porque para cambiar de edad no hace falta que pasen los años, basta con unos días, con una tarde, con un mal encuentro, para que comprender que se debe llorar en secreto, que el tiempo de la infancia ha terminado.”

A pesar del gran “saco sin fondo” que es la guerra, a pesar del horror y la culpa inocente que sintió cuando tuvo que comunicar a su madre que habían matado a su hermano, Ángel resistió. En medio de ese panorama de desolación, descubrió los libros y en torno a ellos formó un gran grupo de amigos con los que compartir narraciones y versos, en una realidad que “se multiplicaba y se ensanchaba a sí misma”…

“… Hasta llegar a convencerlos de que la verdad de Oviedo, de España o de sus propias vidas podía reescribirse y concluir de un modo diferente.”

Tras la guerra, mientras intentaba enderezar sus estudios y su adolescencia, distanciado de la ciudad de su infancia que tanto se había transformado, el poeta sufrió una tuberculosis grave que superó con aire puro, lecturas y soledad.

“A veces la necesidad de ser feliz es más fuerte que la historia personal y que el propio cuerpo.”

Ángel González llegó a obtener el título de magisterio y dar clases en un pequeño pueblo de montaña, consiguió la Licenciatura en Derecho y se trasladó a Madrid para estudiar en la Escuela Oficial de Periodismo. Allí, durante sus primeros días en la capital, le robaron un reloj que el gran poeta nunca consiguió recuperar…

“Un reloj que sigue marcando las horas, aunque ya no pertenezca a su dueño. Creo que eso es la literatura”, dice González a García Montero.

Y el tic-tac de sus versos sigue y seguirá sonando, igual que el latido de su historia en este magnífico libro, donde nada concluye y menos si está escrito para el futuro.

 

 

“Pero nada aún es definitivo.

Mañana he decidido ir adelante,

y avanzaré,

mañana me dispongo a estar contento,

mañana te amaré, mañana

y tarde,

mañana no será lo que Dios quiera”

Ángel González.

María José Barroso

María José Barroso Ha publicado 70 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *