Lecciones de existencia

Existen por el mundo suicidas que pretenden que de algo negativo salga un hecho positivo. Sin mirar ni siquiera de frente. Así, sin más. Sí, claro que sí. Existen por el mundo quienes han dejado que la vida les llevara, que el viento les meciera. Sin esfuerzo, sin dar. Incluso sin pensar.

Son esas personas que nunca han experimentado el impacto de una sonrisa o un gesto amable. Quienes no han saboreado el placer inmenso cuando un amigo te saca, casi literalmente, del fango mísero. Los que no saben de agradecimiento. Son quienes esperan que el Universo les devuelva favores a resultas de fechorías o desprecios. Se sientan tranquilamente a la puerta de su casa y abren las manos en son de paz, como si nada hubiera pasado. Simplemente esperan, como si de pescadores expertos se tratara. Sonríen despectivamente y olvidan los agravios cometidos, como si no hubieran sido protagonistas de la hazaña. Y se lo creen. Se creen su propia bondad, su derecho a la felicidad y a todo lo bueno de la vida, las mieles de la prosperidad. Pero hay algo ahí fuera, absolutamente ingobernable, quizá tenga forma de Dios, que es el más sabio de los seres. Es omnipresente, implacable y sutil. Justo. Siempre viene al encuentro, más tarde o más temprano, pues la vida es una lección de existencia. Es en ese momento de infortunio cuando el individuo ve pasar, como si de una película muda se tratara, todos los actos, omisiones, agravios; todas las oportunidades de bien tiradas a la basura. Y se lamenta. Vive Dios que se lamenta…

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Elena Silvela

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