Las rosas de Heliogábalo – por EMILIO PARDO

Tirado en el suelo, tumbado, casi muerto pero a la vez más vivo que nunca. Tumbado, tirado en el suelo, tocado por el fino terciopelo de los pétalos, acariciado por su suave perfume, único aire ya al que aspirar.

Yacer, dejarse enterrar, hundirse y sin embargo vivir más elevado que nunca, flotando entre las mismas nubes que antes de posarse en el rosal ha surcado el petirrojo que aletea en la jaula de mi pecho, entre mis costillas, animando con cada aleteo a mi corazón a seguir latiendo.
Qué importa que quiera matarme,  qué importa la música o permanecer sepultado, qué importan las rosas lanzadas desde arriba o los lados cuando se lleva un rosal dentro que no deja de florecer y al que cada mañana acude el petirrojo para colorear también mi pecho… ¿Acaso existe una muerte mejor?.
Tirado en el suelo, tumbado, casi muerto pero a la vez más vivo que nunca. Tumbado, tirado en el suelo, tocado por el fino terciopelo de los pétalos, acariciado por su suave perfume, único aire inexistente que respirar.
Qué importa que quiera matarme, qué importan todo y nada cuando se tienen mil y una rosas que brotan, mil y un besos dados y recibidos y un petirrojo encerrado en un pecho que colorea con cada latido, escribiendo las palabras de un mensaje cifrado que grita “te amo, Te amo, TE amo, TE Amo, TE AMo, TE AMO, T E  A M O”. ¿Acaso existe una muerte mejor?.
Ya no importan las esperas de mil rosas siempre ausentes, ya no importan las lágrimas porque, al final, sin quererlo, sin buscarlo ni esperarlo, las flores han vuelto a crecer donde antes lloramos.
ROSAS DE HELIOGABALO

Emilio Pardo

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