Las pinceladas del tiempo ausente – por PABLO RODRÍGUEZ CANFRANC

Edward Hopper
pintó el rostro hueco de la soledad
tal y como se va desfigurando
al parar la maquinaria urbana
en las últimas horas de la tarde.
Dijeron de él que robó de París
su suave y grata luminosidad
para irradiar los campos y ciudades
del áspero paisaje americano.
Y, efectivamente, logró dotar
a unos horizontes huecos, vacíos,
de un halo de dulce melancolía
enmascarándolos al ser plasmados
con mano compasiva sobre el lienzo.
A pesar de su esfuerzo y su tesón
por inyectar el calor de la vida
en las venas turbias de la existencia,
la Nada asoma con faz descarnada
entre las pinceladas del maestro.
Sus mujeres son figuras pacientes
abandonadas en la calma fría
de amplias habitaciones desnudas
y oficinas abiertas a deshora.
Parece que el pincel les robó
toda la esperanza y la ilusión
y las embalsamó en el tiempo omiso,
que harto recurrente, se perpetúa
entre los lánguidos tonos pastel.
Sin embargo, en postrera rebelión,
ellas se aferran a su dignidad,
con sus poses, sus miradas opacas,
desafiando el fulgor amenazante,
pleno de vacío, de la luz diurna,
o enfrentando la soledad noctámbula
de los grasientos tugurios after-hours.
No puedo tocarlas; tampoco entrar
en esos mundos tan distantes de Hopper,
esos cuadros-celda que atraparon
una instantánea de la existencia
desmontando el mito del devenir,
del flujo y la evolución temporal,
no puedo no, inmerso como me encuentro
en la hábil pantomima del reloj;
pero a veces, al girar la mirada
de alguno de estos lienzos impecables,
me asalta la inquietante sensación
de haber conocido aquellos parajes,
de haber abandonado a esas mujeres,
y de ser yo también un prisionero
de la calma de un cuadro melancólico.

Hopper

Pablo Rodríguez Canfranc

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