Las pastillas – por ALEJANDRA MEZA

Los viajes, así fueran en avión, tranvía o autobús, le provocaban náuseas a Thelma, por lo que tuvo que darse maña para continuar con su labor como maquillista de Cara Caballé, la cantante pop más famosa del continente. Thelma evitaba probar alimento antes de iniciar algún recorrido, en especial, lo que constituyera un laxante natural capaz de estimular las terminaciones nerviosas del colon como el aceite de oliva o la linaza; rechazaba los platillos cocinados con cebolla y a pesar de que adoraba su sabor, se prohibía la ingesta de ciruelas y plátanos.

Y no era para menos, porque cuando niña, su madre la nutría a diario con cápsulas de vitamina C y antes de la llegada del invierno la sentenciaba a un tratamiento contra la tos consistente en un tarro de ochenta unidades. En su adolescencia, se automedicaba pastillas para evitar el cansancio y para fortalecer la memoria en temporada de exámenes. Sin embargo, una alergia inesperada a los antiinflamatorios no esterioideos la obligó a tomar una cura completa de treinta y cinco inyecciones, después de la cual se propuso llevar una vida sana y libre de sustancias medicinales.

Como parte de las exigencias de su profesión, Thelma había desarrollado una técnica infalible para conciliar el sueño en cualquier medio de transporte: doblaba ambos brazos en cruz y reposaba sus manos sobre los hombros ─cual Conde Drácula en su ataúd─, colgaba la cabeza uniendo el mentón al centro de sus senos y aflojaba las rodillas. Lograba permanecer en tal posición hasta por siete horas continuas, lo que le facilitaba el cómodo tránsito de un país a otro.

El esperado día del inicio de la gira del verano, llegó sin tomar a Thelma desprevenida, pues hizo una dieta de diez días con base en agua purificada, arroz hervido y cáscaras de zahanoria, pero ─en mala hora─, una de sus compañeras, la nueva estilista de Cara Caballé, adicta y aficionada a los fármacos le pidió un favor, y antes de que pudiera negarse, introdujo dos laxantes poderosos en el bolso de Thelma. En el momento de comenzar el abordaje, Thelma tuvo que separarse de su amiga y el incorruptible aparato de rayos equis del aeropuerto, detectó y alertó al guardia de la presencia de una sustancia activa en el interior del bolso de Thelma. Inmediatamente dio la orden a su perro sabueso para que confirmara la sospecha.

─Esto… ¿es suyo? ─preguntó el oficial.

─Sí, p-pero no son d-drogas, son solo pastillas de las que tomo para liberar el estómago ─respondió Thelma vacilante, sabiendo que en tales casos, resulta peor negar lo que parece evidente.

El titubeo atrajo la atención de otros dos oficiales que analizaron las pastillas, lsa olfatearon asimismo y las examinaron a contra luz. Sin duda, el sabueso se había equivocado y le dieron la razón a la pasajera. Con reservas, el primer guardia entregó ambos comprimidos a Thelma.

─Pues si dice la verdad, tómeselas delante mío ─exigió el oficial.

Las siguientes horas fueron largas para Thelma, y sin saber a ciencia cierta la razón, la estilista de Cara Caballé se hizo de una enemiga… y apenas comenzaba la gira…

 

Alejandra Meza

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