Las olas de la Rochelle, por MARINELA FONTOIRA #relato

Hace más de diez años que dejé España por Coralie y desde entonces trabajo como publicista en la segunda planta de la Chaudronnerie de la Cote, una fábrica de cascos para buques sita en La Rochelle. Lo que nunca preví fue que las olas que bañan este pueblo llegarían a inundarme el cerebro.

Anya es una preciosa rusa que también cayó por casualidad en el mismo pueblo y en la misma fábrica, en el Departamento de Comercio Exterior, planta primera. Solía cruzarme con ella por los pasillos, pero nunca coincidíamos en el comedor, a pesar de que yo lo buscaba con insistencia. Mi suerte cambió cuando en la cena del veinticinco aniversario de la empresa me tocó a su lado y, a partir de entonces, decidimos compartir mesa a diario, convirtiéndose el menú del medio día en un exquisito manjar.

Como buena rusa, Anya no solía sonreír por cortesía sino cuando estaba con alguien conocido o cuando coqueteaba, como hacía conmigo. Tenía fama de fría entre los compañeros, algo muy lejano a la realidad de su auténtico ser, que a mi lado descubría y mostraba sin vergüenza alguna. El hecho de que con los demás no se comportase del mismo modo me daba qué pensar. Me encantaba cómo hablaba y cómo contaba las cosas, contagiándome su buen humor. Cada tarde ansiaba que llegase el día siguiente para compartir con ella el tiempo del almuerzo.

Supongo que por alguna idea preconcebida de que todo latino debe ser romántico, fogoso y buen amante, Anya no tardó demasiados días en tratar de embaucarme. Mi adormecida existencia se despertó cuando ella pulsó el interruptor acertado, ese que te avisa de que no es eterna. Sus palabras eran cada vez más cercanas, más cómplices, más íntimas, e iban llenando poco a poco mi humilde vanidad y, como si de una inyección de vida se tratase, elevaban mi ánimo a alturas que no había experimentado jamás. Me dejé querer, sin ser consciente de que lo que en realidad me estaba inyectando era droga de la dura, una de esas que crean una dependencia tal que acaba siendo algo incontrolable. Desde el primer momento logró envolverme con su aliento y me convertí en una víctima de su aparente mansedumbre. Jugaba conmigo, a pesar de que bien sabía ella que no era un juego sin más lo que deseaba para sí misma.

Anya derrochaba un falso liberalismo tras el que escondía las convulsiones celosas de su pasado y yo, cegado por las circunstancias, no lograba escarbar en su realidad. A diario nos reíamos y disfrutábamos de la historia de amor que, al menos yo, estaba viviendo. Ella hablaba sin parar y si en algún momento vencía el silencio, se agobiaba y soltaba frases inteligentes que no permitían aparecer hueco alguno entre nosotros. Yo la contemplaba y veía cómo se llenaba de un rubor sugerente, casi invisible, que la hacía parecer incómoda, y que a mí, por el contrario, me hacía sentirme más seguro a su lado. Me gustaba observar sus manos, el modo en que las colocaba sobre la mesa, mostrándome todas las uñas. Cuando se daba cuenta, miraba las mías y me decía que me sentaba bien la alianza; me lo decía con esa mirada profunda que la caracterizaba.

A medida que avanzaron las semanas se fue relajando, hablaba menos y observaba más, y a mí me volvía más y más loco. La relación siguió evolucionando hasta que un día, en una de nuestras comidas, noté que tenía la mirada lánguida en exceso, estaba callada, no parecía la de siempre. Cuando conseguí que por fin hablase, me confesó que tenía un importante secreto que quería contarme y, sabia tejedora de sus circunstancias, me pidió ayuda para desenredar los hilos, aún con el riesgo de que me enredase en ellos. Le dije que quería enredarme, enredarme mucho, que quería que sus hilos llegaran a agobiarme, que me asfixiaran y me atasen a ella. Me salió de muy adentro y se lo dije muy rápido. Ella se quedó sorprendida con mis palabras, reculó y finalmente no me lo contó. Quería y necesitaba sentirla más cerca, pero Anya no lo tenía tan claro. Era una de esas locuras pasajeras que, sin atender a razones externas y sin pedir permiso al raciocinio, se me instaló impúdicamente y me invadió de la mañana a la noche y de la noche al amanecer, haciéndome sentir vivo en exceso. La rusa se convirtió en mi perpetua obsesión y decidí que la única manera de acabar con una tentación tan grande era caer en ella, de modo que, empujado por mi desorden interior, me dejé evolucionar en el sinsentido.

Mi fascinación por aquella chica me quitaba el sueño y cuando en mis noches de insomnio mi mujer me abrazaba en la cama, el corazón me latía enloquecido mientras la imaginaba entre mis brazos. En uno de mis sueños amaba a Anya con tanta pasión que llegué a despertarme con el ruido de mis gemidos. Coralie también se despertó y, resignada a mi lado, padecía la sobredosis de mi deseo; estaba muy lejos de ella aunque era su cuerpo el que tenía a mi lado. Al día siguiente me cité con Anya después del trabajo, habíamos decidido dar un paso más y vernos fuera de la empresa. Nos acercamos hasta el puerto viejo para sentarnos en un café a ver pasar turistas. Le propuse hacer excursiones, llevarla en barco por la bahía hasta la Isla de Ré y recorrer el mundo a su lado. A ella le gustó la idea, pero no sonrió. “Daniel, yo no soy libre… Estoy hechizada por un antiguo amor”. Me desveló ese secreto que hasta entonces no había sido capaz de contarme. Había llorado tanto durante años por una tortuosa historia de pasión y celos, que llegó a derretirse por completo y convertirse en agua de mar, y mientras no apareciese en su vida otro hombre que lograse enamorarla del mismo modo, continuaría nadando todas las noches entre sus lágrimas. “Su olor, su piel y sus manos vuelven a mí, me invaden y me atraen hasta la orilla del mar, y entonces me licúo”. Anya no había conseguido expulsar del todo ese amor de sus entrañas y cada noche continuaba convirtiéndose en grandes olas que rompían contra las rocas, recordando una y otra vez su dolor hasta la salida del sol.

Yo la escuché con interés y ella, al desvelar su misterio, se sintió aliviada. Nos marchamos de la mano a pasear al parque Charruyer. Era la primera vez que mi piel sentía la suya, la sujeté con fuerza, no quería que me soltase. Ella se reía y se dejó apretar los dedos. La tarde todavía se mantenía cálida y los parterres de flores desprendían un agradable aroma primaveral. Nos sentamos en un banco frente al río, el agua corría mansa y yo ya no podía aguantar más. La abracé y besé con ganas desesperadas. Ella me respondió con la misma vehemencia. Mis manos ansiosas buscaron dónde acariciarla. La deseaba con locura y con mis besos y caricias logré trasladarla a un ahogo infinito, hasta que ella se paró de golpe, sin entender yo el por qué. La brisa fresca entre los árboles calmó ligeramente la invasión de entusiasmo y, por encima de las hojas, un intenso cielo azul reducía el sentido de la vida a aquellos maravillosos momentos.

A partir de ese día entraba en casa ya de noche caminado de puntillas y dormía en el sofá del salón con la ventana abierta para oír el rugir de las olas. Coralie no decía ni exigía nada; esperaba mi vuelta desde un segundo plano. Yo estaba actuando como un egoísta, era consciente de ello, pero no podía evitarlo; Anya me había trastornado. En mi cabeza aguardaba el frenesí como un animal enjaulado ansioso por escapar, pero para liberarlo y llegar a conquistar el corazón de mi rusa necesitaba antes dominar mis emociones y no dejar que éstas me dominasen a mí. La situación se había convertido en un infierno de almíbar, desconocido, pegajoso y profundo, del que no se sabía si tenía fin y del que no me podía despegar.

Una tarde, cuando ya estaba anocheciendo y la explanada que se extiende ante las murallas se hallaba vacía de coches, la llevé hasta la Tour de la Lanterne, el antiguo faro al borde del mismo mar, y allí la amé con el apasionamiento que en innumerables noches había soñado. Ella se dejó llevar hasta el final. Le declaré mis sentimientos para intentar romper el hechizo, pero Anya sabía que yo no lo iba a lograr. Se separó suavemente, bajó los ojos y susurró: Izvini. Nunca un “lo siento” me había sonado tan dulce y auténtico como aquel. No hice nada para retenerla. La vi bajar entre las rocas y convertirse poco a poco en agua de mar. Una enorme tristeza se me introdujo lentamente entre las dendritas; sabía que acababa de perderla y con ella perdía mi ilusión, mi droga, mi inyección de vida. Deseé convertirme en agua para ir tras ella, pero no lo conseguí. El mar estaba en una calma aceitosa y me quedé contemplándolo durante horas hasta que se picó y embraveció, repartiendo la ira contenida de Anya entre una cresta y otra.

Cuando llegué a casa, Coralie ya dormía. Un papel me esperaba sobre el sofá, lo cogí y me senté para leerlo. Se trataba de un e-mail enviado por mi mujer a la cuenta de Anya: “Gracias por no haber roto mi matrimonio.”

Me acerqué a la ventana y la abrí. El viento soplaba con fuerza, me arrancó el papel de las manos y se lo llevó volando lejos. Asomado, observé las olas más altas que jamás había visto en La Rochelle, creciendo, empinándose, impulsadas por su propia velocidad, perdiendo el equilibrio y estrellándose contra la costa.

 

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In my thoughts – Óleo de MARINELA FONTOIRA

Marinela Fontoira

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