Las noches en el campo de Juan “el Asceta” – por PEDRO PABLO MIRALLES

Sentado en una silla de madera y mimbre a la puerta de su modesta casita en la montaña, construida con adobe y el techo bien cubierto con tejas cocidas artesanalmente y desgastadas por el transcurso del tiempo, tiene fija su mirada en el horizonte de cerros, pequeños bosques de robles, encinas, pinos y abetos, el riachuelo, un pequeño mar de rocas esparcidas por las laderas y al final, en el valle, el poblado con sus escasas lucecitas en el que solo habitan treinta y siete personas, gente sencilla de campo, la mayoría cumplidos los sesenta, pequeños agricultores y ganaderos de los cuales dos trabajaron de pastores las estaciones del año que el clima permitía desde la primavera al otoño.

Juan, grandullón, barba y pelo grisáceos y no muy frondosos, cara y manos grandes agrietadas y de color rojizo por las horas de sol y viento, ojos azul claro que expresan una agudeza inusual, está solo y se siente feliz como casi todos los días del año. No le queda otra mejor y por eso prefiere vivir en su casita de campo ante ese panorama y paisaje bucólicos, en una actitud que sus convecinos no llegan a comprender, pero respetan con solemnidad y da lugar a tantos comentarios tan variopintos como respetuosos. De vez en cuando baja al pueblo para ponerse al día de las novedades. Por eso le llaman “el Asceta”, apodo que ya se le atribuyó a su padre por similares motivos.

El invierno está siendo bastante llevadero, todavía no ha nevado y eso le permite llevar como abrigo solamente el viejo chaquetón de piel de cordero que perteneció a su hermano mayor fallecido, que cultivaba una huerta y vendía sus productos al vecindario. Y mientras transcurre el tiempo de esas primeras horas de la noche, observa con parsimonia todo lo que su turbia visión alcanza hasta perderse en el horizonte, levemente iluminado por una Luna de cuarto creciente, astro del que nunca supo con certeza si se movía o lo hacía la Tierra o a saber por qué ese fenómeno de la naturaleza análogo a lo que ocurría con el Sol. Pero no solo mira extasiado la naturaleza que tiene delante, además piensa en lo vivido durante sus largos setenta y dos años y en lo que vive en ese preciso momento, no necesita nada más para alcanzar su felicidad. Nunca se para a pensar en el futuro para así poderlo disfrutar mejor cuando llegue, ni antes ni después.

 

Dibujo de PEDRO PABLO MIRALLES

Pedro Pablo Miralles

Pedro Pablo Miralles Ha publicado 197 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.