Las monedas de Caronte – por FERNANDO REVIRIEGO

“− Hasta mañana si Dios quiere..”, dijo en cuanto la acostamos.
Siempre me había costado aceptar aquella docilidad que mi abuela mostraba respecto a la muerte.
¿Cómo si quiere? Pensé, irritado antes aquellas palabras.
“− Claro que querrá..”, le respondí con toda la firmeza que un niño de once años puede responder. Ella cerró cansada los ojos, y al rato estaba dormida.
Así una noche tras otra, cada vez que la acostábamos ella decía “− Hasta mañana si Dios quiere”, y yo, indefectiblemente respondía “− Claro que querrá”, unas veces, o “− Seguro que quiere”, otras.
Me daba seguridad pronunciar aquella frase. Era como si al decir aquello nada malo pudiera sucederla, de ahí que procurara que ni una sola vez se me olvidase decir “− Seguro que quiere”.
Mi abuela se llamaba Eugenia, tenía casi ochenta y cinco años y su hermosura de antaño descansaba ahora en sus cansados ojos. Su largo cabello rizado ya no era tal, pues desde hacía más años de los que yo he vivido (esto lo sé por las fotos de la boda de mis padres) acostumbraba a cortárselo corto, muy corto. Y el negro color del mismo había desaparecido, a excepción de un pequeño mechón rebelde sobre su oreja izquierda. Su piel también era blanca, casi transparente.
Estaba sentada en el sillón. Siempre estaba sentada allí, pues ella por sí sola hacía cuatro años que no podía valerse y tanto para ir al salón a comer, a la terraza o al baño tenía que hacerlo ayudada por nosotros.
Acababa de tomarse un flan. Arrugó su boca ya desdentada, tragando el último trozo. “−¿Estaba bueno?”, le pregunté al tiempo que dejaba el plato sobre la mesa
“− Uy.. fantástico”, respondió.
Se frotó la nariz como si algo le picara dentro de ella. Siempre la había tenido un poco torcida, mas con el paso de los años la desviación se había acentuado, pero a mí se me antojaba preciosa.
Mi abuela disfrutaba contándome historias, y a mí me encantaba que ella me las contara. Muchas eran de la guerra, alguna de cuando era niña, y otras que quizá se inventaba, a veces sin saberlo.
Una tarde lluviosa me contó que la maestra había vuelto a visitarla.
Yo le pregunté que quién era aquella maestra que venía a verla, y ella respondió que había sido maestra de su pueblo hacía ya mucho tiempo. Le pregunté cuántos años tenía aquella maestra y ella respondió “− Uuuuuuuuyy, ni lo se..No ves que ya ha muerto hace más de treinta años”.
Pronunció aquellas palabras con tal naturalidad que no supe bien que responderle.
“− ..Es una chica muy maja.. Pero he querido darle un beso y ella no ha querido.. Yo creo que es algo que tiene en la cara.. A ningún muerto le gusta que les den besos..”, esta última frase la dijo con una convicción que hubiera convencido a cualquier juez.
Ignorando por un momento lo que más me chocaba de toda aquella conversación seguí preguntándola “− ..¿Qué tiene en la cara para que no te deje tocarla?..” “− No se.. Es como si la tuviera picada de viruela; no se por qué, pero lo cierto es que a ningún muerto le gusta..”.
La historia empezaba a ponerse interesante
“− Pero.. ¿es que vienen muchos muertos a visitarte abuela?” “− Sí, muchos.. Aunque sólo los que tienen ropa”.
Su naturalidad me desarmó nuevamente
“− ¿Ropa?” repetí incrédulo. “− Sí” respondió ella condescendiente, comenzando a explicarme algo que para ella resultaba evidente. “− ..Cuando se entierra a la gente, si se les ha enterrado con buena ropa y no se ha destruido, pueden salir del cementerio si pagan..”.
Noté que comenzaba a perderme cada vez más.
A cada pregunta que yo le hacía ella me respondía con tal seguridad y convencimiento que no me atrevía siquiera a rechistarla. Estaba tan atónito que no sabía que decir. Tuvo que ser ella la que continuara la conversación.
“− ..Mi padre.. no puede venir a visitarme porque cuando le enterramos.. murió muy joven.. mi madre dio toda su ropa a los pobres. Y por eso no puede salir del cementerio. Por eso..”.
“− ..Claro..” dije asintiendo con la cabeza, como si de verdad acertara a comprender algo de todo aquello que me contaba.
“− ..¿Y a quien dan dinero para salir del cementerio..” “− No lo se..ni siquiera cuanto..quizá sólo unas monedas… pero lo que es verdad es que quien no tiene dinero no sale de la tumba..” respondió.
“− ¿Y aparte de la maestra viene alguien más a visitarte?”
“− ..Sí..” respondió al tiempo que me regalaba una enorme sonrisa “− ..la abuela Juana, la maestra, el Cañas, y un sobrino mío de Ávila, esos vienen muchas veces..” “− Bah, pues no son tantos.. exagerada..” respondí para tratar de mantenerme de alguna manera en aquella conversación.
Sonrió, y al instante siguiente declamaba un verso: “− ..La Junta de Felman.. son unos buenos muchachos.. pero tienen un defecto.. que son un poco borrachos.. por más borrachos que sean.. a nadie le importa nada.. si es que pagan lo que deben.. al terminar su jornada..”.
“− ¿Qué cantas abuela?..”
“− ..Es un verso que se cantaba mucho en el pueblo sobre el marido de la maestra. Le daba un poco al vino y le cantaban esto.. trabajaba mucho, pero era un poco borrachín..” “− ¿Ese murió también?”
“− ..Sí… hace ya mucho, pero no cuentes a nadie este verso ¿eh?” “− ..De acuerdo abuela..”
“− ¿Y qué te cuentan los muertos abuela? ¿Algo especial?..” “− ..No, hablamos de nuestras cosas” “− ..¿Y no te dicen dónde están?” “− ..No, muy poco.. solo que se reúnen en la plaza del pueblo una o dos veces al mes” “− ..¿Y se reúnen muchos..” “− ..Uy la plaza entera..” “− ..¿Y para qué se reúnen?..”. Se encogió de hombros.
Desde aquel día me acostumbre a hablar de la maestra como el que habla del vecino del piso de abajo.
“− .¿Qué tal la maestra? ¿Ha venido hoy a verte?..”.
A veces, cuando discutíamos, le echaba en cara todos aquellos supuestos muertos que venían a visitarla, aunque luego me enfadaba mucho conmigo mismo por haberlo hecho. “−..Perdóname abuela..” le decía luego al tiempo que la inundaba en besos “− ..Deja… Zalamero..” respondía ella.
Ella siempre me hablaba mucho de su padre.
Su padre había muerto siendo ella muy joven, apenas sí tendría diecisiete años. “− ..Fue alcalde del pueblo.. Le llamaban el amigo de los pobres.. Si alguien no tenía para comer él se lo daba.. Hizo un puente en el pueblo.. no veas lo inteligente que era..”. Hizo una pausa y me insistió en la pena que tenía de que no pudiera venir a verla “− ..pero no puede venir a verme porque cuando murió regalamos su ropa a los pobres..”. “− ..Te gustaría que te visitara ¿verdad?..” “− Mucho..” respondió, “− ..mucho..”. Lloraba al recordarlo. La bese en la frente.
Serían las siete cuando regresé a casa aquella tarde. Me dijeron que habían estado con ella primero el practicante y luego el médico. Fui a su habitación. Ella al verme alargó su blanca y delgada mano y tomó la mía. La llevó junto a su pecho como pretendiendo que escuchara algo. “− ..Me ha dicho el médico que tengo un soplo en el corazón..”.
Estaba terriblemente muy asustada.
Resultaba curioso. Una mujer de ochenta y cinco años, a la que cada año y continuamente desde hacía siete le decían “− ..No pasará del invierno.. No pasará del verano.. No pasará de la Semana Santa..” se asustaba ahora porque le decían que tenía un soplo. Un soplo que hacía ya treinta años le habían dicho que tenía, aunque ahora tal vez no lo recordara.
Le miré a los ojos. Tenía miedo de verdad. Me arrodillé junto a ella y agarré su mano. Permanecimos así casi una hora. Ella no soltaba la mía. Yo no quería soltar la suya.
Una tarde mi abuela comenzó a contarme otra historia. Su voz no era, o al menos eso no me parecía, la de siempre. Era mucho más ronca, como si le costara respirar. Toda ella parecía cansada, así que cuando dejó de hablar y cerró los ojos, dejando la habitación en silencio, yo me levanté sigiloso dispuesto a abandonar la habitación sin hacer ruido, creyendo que se había dormido. Al acercarme más a ella, comprendí que no estaba dormida. La tomé las manos, la besé en la frente y lloré. Lloré como jamás había llorado hasta entonces. De alguna manera había llegado a pensar que ella siempre estaría conmigo.
A partir de ese momento recuerdo pocas cosas. En las horas siguientes llegó mucha gente. Tíos, primos… gente que no conocía.. gente con traje que no parecían de la familia..
Lo que sí recuerdo es que agarré a mi madre varias veces del brazo y le insistí mecánicamente en que la vistieran con su mejor vestido. Un vestido negro, por supuesto. Aquel había sido el color con el que siempre la había recordado.
La enterramos al día siguiente. En un momento de descuido y mientras algunos se acercaban a dar el pésame a mis padres, aproveché para acercarme a la tumba para dejar un puñado de monedas.
No se por qué lo hice. Tal vez fue sólo un gesto, o un recuerdo, o tal vez fue que mi deseo de volver a verla de nuevo, sonreír, comer, hablar, contarme historias.. era fuerte, muy fuerte, más fuerte que cualquier signo de fría racionalidad o de lógica.
Acariciando la cruz que adornaba su tumba dije en un susurro “..Seguro que quiere..” y, justo a continuación, comencé a alejarme lentamente, volviendo la vista atrás varias veces.

 

Fernando Reviriego

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