Las iluminaciones de Alejandro Sawa

Debo confesar que siempre me ha fascinado la figura del escritor Alejandro Sawa desde que leí en el instituto el esperpento de Valle-Inclán Luces de Bohemia, una obra teatral que recrea a Sawa a través de su alter ego literario,  Max Estrella.

 El bohemio más bohemio de la bohemia más dolorosa. Una vida en la miseria absoluta, la ceguera desde los 44 años, y la enfermedad marcan sus días. Manuel Machado definió gráficamente su desgracia en el epitafio que le dedicó tras su muerte en 1909:

Jamás hombre más nacido
para el placer, fue al dolor
más derecho.
 Jamás ninguno ha caído
con facha de vencedor
tan deshecho.

 La historia le ha castigado a no figurar como uno de los grandes nombres de las letras hispanas del cambio de siglo; no es un apellido de los que aparecen en los libros de texto, junto a Galdós, la Pardo Bazán, Leopoldo Alas, o más adelante, los jóvenes del 98. Es el gran olvidado excepto por el homenaje que le dedica Don Ramón María del Valle-Inclán a través de su genial pieza teatral.

 La obra de Sawa, aparte de las colaboraciones con periódicos y revistas, es escueta; apenas supera los diez títulos entre novelas y otros textos en prosa. No obstante, la literatura española de ese comienzo del siglo XX tiene una fuerte deuda con su persona, principalmente por su papel de transmisor de las corrientes más de vanguardia que estaban imponiéndose en Europa y en América Latina.

 Alejandro Sawa residió en el efervescente París de finales del XIX, en concreto entre 1890 y 1896, trabajando para la casa Garnier que estaba elaborando un diccionario enciclopédico. Según su propio testimonio fue la época más feliz de su vida, disfrutó de la bohemia parisina y conoció a la flor y nata de la intelectualidad de la época, a gente como Paul Verlaine o Alphonse Daudet, entre otros.

A su vuelta a España se trae consigo la llama de las nuevas corrientes literarias que están de moda en el país vecino: el simbolismo y el parnasianismo. Se convierte en el principal evangelista de las formas revolucionarias francesas entre los escritores patrios, hasta entonces ajenos a la obra de figuras como Verlaine, Rimbaud o Baudelaire, que constituyen una poderosa influencia para las vanguardias literarias de la primera mitad del siglo XX. Vuelvo a citar a Manuel Machado que describe esta faceta de Sawa:

 “Allá por los años 1897 y 1898 no se tenía en España, en general, otra noción de las últimas evoluciones de las literaturas extranjeras que las que nos aportaron personalmente algunos ingenios que habían viajado. Alejandro Sawa, el bohemio incorregible, muerto hace poco, volvió por entonces de París hablando de parnasianismo y simbolismo, y recitando por primera vez en Madrid versos de Verlaine”.

 Fue también Sawa el principal valedor de Ruben Darío en nuestro país, cuya primera visita a España había pasado desapercibida. Este aspecto le recuerda el bohemio al vate de nicaragua en una carta: “yo he tenido la suerte de ser tu victorioso profeta”.

 Igual que en el caso de los poetas franceses, la influencia del modernismo de Darío entre nuestros literatos fue decisiva para configurar los estilos de los jóvenes de principios de XX, como los hermanos Machado (aunque Antonio enseguida se desvinculó de la estética modernista tachándola de artificiosa), o el antes citado Ramón María del Valle-Inclán, especialmente en su poesía más juvenil.

 ¿Y qué decir de la calidad literaria de Alejandro Sawa? Personalmente he leído dos de sus novelas, Declaración de un vencido y Crimen legal, y si bien me han entretenido, no han conseguido conmoverme. Pero yo no soy crítico literario así que no soy una voz autorizada, es sólo mi opinión, puramente subjetiva.

No obstante, hay una obra suya que ha logrado cautivarme y cuya lectura recomiendo. Se trata del libro póstumo Iluminaciones en la sombra, una suerte de collage de impresiones, apuntes y opiniones, que realmente esboza la genialidad intelectual de Sawa y de su arte literario. Para mí sugiere al gran escritor que podía haber legado a la historia de nuestra literatura.

 En sus Iluminaciones realiza el bohemio desde crítica literaria hasta la plasmación dee pensamientos íntimos y cotidianos de necesidad, teñidos de lírica:

 “Y hoy otro día más, lluvioso como el de ayer, con su amenaza de seguir buscando lo que ayer no encontré, lo que hoy, quizás, no alcanzaré tampoco. Y mañana… y después de mañana…y siempre, siempre…”

 Abundan también los aforismos mordaces del tipo:

 “Acabo de conocer a un español bien educado. Dios mío, ¿si será cierta la desaparición total de este pueblo?”

 Todo ello siempre huyendo del dolor y de la desesperación que le acompañaban en vida:

 “¡A la calle, a la batalla, a luchar con fantasmas! Pero son calles en que al andar se pisan corazones, y son fantasmas que ocultan bajo sus túnicas de niebla puñales y amuletos contra la dicha humana.”

 A ratos excesivo y provocador, recordando al lector al Rimbaud de Una temporada en el infierno, como cuando afirma:

 “¡La gloria! Ventosidades de un dios jocoso y flatulento que, mirando hacia nosotros, ríe desde su Olimpo.”

 Expresión esta última que nos recuerda a aquella frase que Valle-Inclán hizo pronunciar a su otro yo literario Max Estrella: “Los héroes clásicos han ido a pasearse por el Callejón del Gato”. Los espejos deformantes que antaño presidían el callejón de Álvarez Gato pueden convertir en grotesca la belleza más sublime.

 Para acabar, el propio Valle describió las Iluminaciones en la sombra de Alejandro Sawa como:

 “Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones.”

Pablo Rodríguez Canfranc

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