Las fotos antiguas – por ESTHER CUERDA

La gente compra fotos viejas en los mercadillos. Fotos en blanco y negro, viradas al sepia por ancianas, con los bordes del cartón comidos, de personas desconocidas, que visten ropas pasadas de moda; familias tradicionales con padre de traje oscuro, madre con vestido y corsé, niña de trenzas y niño con pantalón corto que miran azorados a la cámara, sobrecogidos, serios. Posando para lo eterno.

La fotografía es nostalgia, en parte. Es un arte crepuscular, conmovedor, impregnado de misterio. Por el hecho de incluir, en su faceta de retrato, a otros seres humanos tan parecidos y tan opuestos a nosotros mismos, invita a la interpretación, a la curiosidad por el retratado: su nombre, su edad, su profesión, si estaba triste o feliz el día del retrato. ¿Cómo acudió al estudio? A pie, en coche de caballos. ¿La ropa era suya o el fotógrafo tenía algunas para prestar? ¿Eligió estar de pie o sentado? La que a mí que asaetea es ¿para quién se hizo la foto? ¿Su madre, su novia? ¿Para que yo la viera después de que pasaran 100 años?

En estos tiempos de inmediatez, de saturación de imágenes, cuando se borran más fotos de las que se almacenan, la gente sigue comprando fotos antiguas de desconocidos, en muchas ocasiones con una calidad artística más que mediocre. Una fotografía es una ausencia o, al menos, una pseudopresencia, un paisaje y un tiempo remotos, un pasado desaparecido. Seamos o no conscientes de ello, somos nuestro pasado, estamos ligados a él de una manera visceral, arcana, entrañable y dolorosa a la vez. Tal vez por eso necesitamos columpiarnos de los ojos de los que nos precedieron.

Declaro imprescindible las fotografías en papel, para que dentro de 100 años, quienes compren mi retrato, sigan preguntándose para quién posé esta tarde y se columpien de mis ojos.

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Esther Cuerda

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