Las dos minas – por ALEJANDRA MEZA

El precio se convino y esa misma tarde, Gonzalo y Mina se convirtieron los flamantes dueños de la «Quinta del Faro». Un par de semanas después de firmado el contrato, celebraron en grande la adquisición de la finca que adornaba el acantilado como si se tratase de un fanal, de ahí el nombre con el que se le conocía en los alrededores.

La planta alta constaba de cinco piezas o recámaras y un solar, el primer piso estaba conformado por dos amplias salas de estar, un comedor, una espaciosa biblioteca y una cocina; asimismo, una sofisticada cava ocupaba el sótano.

Durante la fiesta de inauguración, no faltó entre los invitados quien pidiera detalles acerca del costo de la casa, ni quien formulara comentarios insidiosos relativos a la fortuna personal del afamado arquitecto y pintor Gonzalo Desch, a la que Mina tenía derecho solo por haber contraído su matrimonio bajo el régimen de sociedad conyugal. De todos era conocido que Mina era ajena a las altas esferas sociales a las que pertenecía su esposo y que lo había conocido porque fue contratada por éste como su modelo.

A unos meses de haberse instalado, Gonzalo bajó al sótano para seleccionar un vino, entretanto Mina ultimaba los detalles de la cena. El hombre fijó su vista en el último peldaño de la escalinata de madera, donde se destacaba una inscripción hecha con una navaja, la cual rezaba: «Mina».

Al reunirse con su esposa en el comedor, el arquitecto le formuló una pregunta incómoda.

─¿Por qué grabas tu nombre por todos los rincones de la casa a modo de grafiti? ¿Es un intento para marcar tu «territorio»?

Mina se mostró sorprendida ante el reclamo de Gonzalo y asimismo ante las numerosas inscripciones que figuraban en diferentes partes de la mansión que él le mostró sobre la duela de la sala, en el interior del baño de visitas, en la puerta del garaje. La mujer aseguró que no eran de su autoría, mas el hombre se mostró incrédulo pues en todas ellas la letra eme aparecía invertida, tal como su mujer solía escribirla.

Esa noche, un sudor denso cubrió las sienes de Mina, quien apenas pudo dormir reflexionando en la serie de grabados. Al día siguiente y por sugerencia de Gonzalo, Mina recibió la visita de una mujer extraña, una aldeana que se las daba de espiritista y quien, con solo posar sus manos sobre las inscripciones, aseguró a la pareja que las mismas fueron dejadas en una época no muy lejana y por una mano que sentía el peso del dolor.

Mina observó a la espiritista con recelo porque al revelarle que «Mina» era su nombre, la aldeana pronunció con firmeza que en ocasiones las almas regresan a este mundo cuando han dejado un asunto pendiente. La vidente agregó un dato que infundió temor en el corazón de la modelo: La finca había pertenecido a un capitán y a su familia, quienes la ocuparon hasta que les sobrevino una desgracia. La hija pequeña del marinero murió desnucada al caerle encima uno de los pesados estantes de la biblioteca. Rumores corrieron que fue la propia madre de la niña quien provocó el desplome.

La esposa del arquitecto perdió la cabeza y en poco tiempo se convenció de que en otra época, ella fue Mina, la hija del capitán que había perdido la vida. Sin comunicárselo a Gonzalo, intentó por todos los medios averiguar el paradero del capitán y su mujer, se entrevistó de nuevo con la espiritista y compartió su versión de la historia con sus parientes más cercanos. Gonzalo se limitaba a observar cómo su esposa se volvía loca a paso lento.

Una noche, antes de irse a la cama, Mina le solicitó a Gonzalo que la dejara a solas.

─Ya no deseo compartir el lecho contigo, anda, hay otras cuatro habitaciones, toma la que te plazca.

Él obedeció sin dudar. Para Gonzalo, el momento había llegado.

Durante las horas de la madrugada, un fuerte ruido provocó que Mina se despertara. Abandonó su habitación y sin encender las luces, descendió por la escalera hacia la planta baja. Gritó un par de veces el nombre de su esposo pero no obtuvo respuesta. Abrió con sigilo la puerta de la biblioteca y ahí lo encontró, recargado sobre uno de los viejos estantes.

«Deseo esta casa para mí, de manera exclusiva. No compartiré contigo el fruto de mi trabajo. Esta finca me pertenecerá por completo. Fue difícil hacer los grabados y contratar a la espiritista, el resto, no. Te subestimé, no creí que con tan poca confusión fueras capaz de sugestionarte con la idea de que eras otra persona, pero eso era lo que perseguía y, además, me ahorraste la tarea de convencer a los otros de que perdiste el juicio: tú lo hiciste muy bien. Puesto que crees ser la fallecida Mina, morirás como crees que lo hizo ella». En un veloz y preciso movimiento, Gonzalo empujó el estante principal y una avalancha de libros cayó sobre Mina.

 

Alejandra Meza

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