Las cuatro estaciones, por ALEJANDRA MEZA #relatos

En pleno otoño y antes del amanecer, recibimos la primera nevada de la temporada de frío. No podemos fingir que nos tomó por sorpresa, porque recibimos la advertencia a través de todos los medios de comunicación. Esta mañana, al abrir la puerta del balcón, observé con tristeza el maple que está plantado justo enseguida de la puerta de nuestra casa. La nieve dejó caer su túnica blanca encima las ramas aún semi vestidas de sus hojas rojizas. “Esto no es vivir en plenitud las cuatro estaciones, esto es una mezcla”, pensé.
Nuestra existencia, también es una mezcla de estaciones. Un aire de primavera estremece mi corazón cuando mi esposo me besa, o me envía un mensaje de texto o me habla al oído. ¿Acaso esa dulce agitación está prohibida para una mujer que rebasa los cuarenta años? Varias veces me lo cuestioné antes de lanzarme a la aventura de un segundo matrimonio. De acuerdo con los convencionalismos sociales, debería estar viviendo un plácido otoño y no un verano trastocado.
Vivaldi compuso el concierto “Las Cuatro Estaciones” a principios del siglo XIX, pero no fue sino doscientos años más tarde cuando salió a la luz. Los estudiosos suponen que el compositor, admirado y denostado a la vez por los críticos de su tiempo, agregó una serie de versos a las partituras como parte de la innovación que caracteriza su legado musical. “Comienza el deshielo, la música se agita, todo es movimiento”, apuntó Vivaldi con relación al invierno.
El sol salió y las nubes se disiparon. Son ya las cinco de la tarde y los copos de nieve prácticamente se derritieron del todo. “El suelo aún guarda mucho calor para que la nieve permanezca”, me explicó mi esposo. Sin embargo, fue suficiente para arrasar con las pocas hojas que adornaban mi maple. “¿Qué te parece si salimos a tomar algunas fotografías? La ciudad está hermosa”, agregó.
Corrí al armario por un abrigo y acepté encantada la propuesta. Nuestras vidas, no constan de cuatro estaciones fijas, son una mezcla, que además se repite como un ciclo. Miro a mi esposo mientras enlazo su abrigo. Observo sus ojos de primavera fresca, su pecho cálido de verano, esas canas otoñales adornando su cabeza. Con él quiero pasar todos mis inviernos, con él quiero tener el corazón en primavera eterna, por eso lo guardo, lo cuido, lo arropo. Todo es diferente la segunda vez.
las cuatro estaciones

Alejandra Meza

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