Las cosas como fueron – por LUIS CASAS LUENGO

Elena está triste, ¿qué tendrá Elena?

¿Qué va a tener? – Casi grita Mercedes- Que se ha empeñado en leer El Balcón en invierno de Luis Landero y se ha puesto nostálgica.

No es mala la nostalgia.

– No ni ná, la última morriña te metió una pájara que te duró dos actualizaciones de este blog. Al paso que escribe el Abogado, esta te puede durar hasta el verano.

Mi dignidad me impide reaccionar y Elena, a lo suyo: Fueron malos tiempos, pero fueron mis tiempos. Eso hay que explicarlo. No se trata de que eche de menos aquella postguerra eterna. Eso te queda claro ¿no Mercedes?.

Mercedes asiente con paciencia.

Lo que me preocupa es quién leerá a los testigos y qué pasara cuando ya la Dictadura solo sea un tema de novela histórica. Siempre resulta extraño que tu época la describe quien no la vivió y paradójico que la memoria de esos tiempos dependa de que lo hagan, ¿no? Bueno, creo.

– ¿Qué crees: que es extraño, que es paradójico o ambas cosas? Espabila Elena

Y además – tercio yo- Landero sí vivió esa época.

Espabila tú, Abogado. No me refería a Landero. Él sabe de qué habla y en El balcón en invierno hay mucha nostalgia, pero también mucha rabia soterrada. No insulta, el insulto está en la descripción de lo mal que se vivía. Fueron malos tiempos. Muy malos para casi todos. La mayoría, como siempre, por una causa u otra se encogía de hombros y tiraba para adelante. Y es lo que temo que sea esa voz, la de los conformados, la que quede. Eso y los logros del despegue económico, la modernización, la apertura por el turismo… Todo aquello que retrasaron décadas y que luego vendieron como éxitos propios y preparación consciente para la democracia.

Opinar lo contrario es ser guerracivilista – se burla Mercedes – Con el tiempo, todo se difumina Elena. Como las fotos en papel que van perdiendo el grano y la nitidez. Por eso hay que mirarlas con detalle.

Foto de Franco.

Los detalles.. La clave está en detalles – Elena nos mira triunfal – Eso es. Los detalles. ¿No entendéis? Los detalles, leches. Es como mi salud: todo bien, si no entramos en detalles. La Dictadura, para jóvenes cronistas y novelistas noveleros, es solo un fondo de escenario, la describen a brochazos y tapan la miseria que provocaba y el miedo que, al final, la sustentaba.

Es un escenario pero no solo para los jóvenes– digo- Ahí tiene Lo que esconde tu nombre , . Otra trama de nazis que son solo un recurso para una aceptable novela de intriga pero que banaliza lo que fueron esos hijos de puta. Hay miles. Invierno en Madrid es otro ejemplo. La Guerra Civil y la Dictadura como escenarios de una historia de amor. Una revisión amable de ¿Por quién doblan las campanas? Sin la sinceridad de Hemingway y sin la denuncia que hacía éste. Un escenario necesario para una historia de amor. Lo mismo hubiera dado que fuese cualquier otra guerra: Invierno en París, Invierno en Moscú … con Invierno Sarajevo aun no se han atrevido. Demasiado cercano. La herida está aún abierta.

Mis heridas siguen abiertas, Abogado. Pero como vamos quedando cuatro gatos y encima nos cuelgan el sambenito ese de que en la Transición optamos por olvidar, ya ni se nos escucha. Como si la Dictadura y el Franquismo hubieran sido bestias fáciles de derrotar. Valientes de salón que cuarenta años después dicen que aquello no era para tanto. La ruptura era posible, dicen. Y una leche. Había mucho miedo, los conocíamos bien. Aún conservaban el poder y era un poder que podía joder una vida. Joder una vida, no era más que joder un detalle. Eso éramos para ellos: un detalle sin importancia que no contribuía a la GRAN-DE-ZA de ES-PA-ÑA.

Y Elena evoca:

Todo derecho era una concesión revocable y todo se hacía para mayor gloria del Régimen. Si no contribuías, no contabas. Si contabas, podías dejar de contar en el momento. No era un terror diario pero sí constante. Como un calabobos que te permite pasear pero que temes que en cualquier momento se convierta en tormenta. A mi, a veces, me da la sensación de que todos teníamos cara de culpables.

– Presuntos culpables, todos– le digo- Es historia ya conocida en esta tertulia la de condenar a inocentes por crímenes que había que resolver con rapidez.http://www.labusca.es/?p=1019

Hubo tantos casos– continúa Elena- No solo estoy nostálgica por Landero, también porque han empezado a publicar las investigaciones de Carmelo Domínguez.

Coño, ¿y ese quién es?

– Carmelo fue guardia civil en los cincuenta, por allá en la zona de Linares. Están publicando sus casos ahora, no os he hablado de él porque lo publica mi editorial digital de confianza y Mercedes me riñe.

– Yo no te riño. Solo te digo que leer en papel es más saludable. Lo dice Time http://time.com/3667247/reasons-read-real-book/. Pero bueno, ya que lo estás deseando te lo voy a preguntar ¿qué libro es?.

El caso de la mano perdida.

Ah y a la vejez, al Carmelo ese le ha dado por publicar.

– No a Fernando Roye. Supongo que Carmelo le pasó sus notas.

– Autor joven de los que toman la dictadura como escenario, vaya.

– Mira que eres vengativa y rencorosa Mercedes. Que por eso me caigas bien, no me impide que te lo diga en tu propia cara. Algún lector de los cuatro que tiene este blog lo verá como un defecto. Pero el libro está bien. Tiene los detalles.

– Bueno, otros libros con esos detalles hay. Y muchos – corta Mercedes.

Sí, muchos. Pero ¿qué tipo de novela describe mejor lo que se vivió entonces?– pregunto yo – Vale, Tiempo de silencio es la mejor novela publicada en la Dictadura. Vale, la novela social, tan de moda entonces, está llena de los detalles que pide Elena. Pero, por ejemplo, de la Gran Depresión no es Las uvas de la ira lo que la gente recuerda, sino la novela negra.

No me vengas con teorías de la literatura, los géneros y esas zarandajas, Abogado, que te voy conociendo– me corta Elena, la dulce – De lo que se trata es que la gente, como sea, sepa qué pasó.

 – Pues los guardias civiles no son los mejores testigos – Y me aparto, como es costumbre, del radio de acción de su bastón.

No, no lo son. Por eso cuando me comentaron que se publicaban los casos de Carmelo, no me gustó mucho la idea. Ya sabemos cómo actuaba la Guardia Civil y la policía cuando les urgían a resolver un crimen. Pero, a pesar de su poder, tampoco es que en la Guardia Civil se viviese bien. Y menos si, como Carmelo, querían al menos hacer bien su trabajo. No era un santo. Se aprovechaba de la impunidad que tenía por ser de la Autoridad.

Aligera, Elena que nos da la hora del cierre; ¿La mano de quién era?

– Una buena historia, Librera, no se cuenta por el final. Carmelo recibe la orden de parar la investigación de averiguar, primero, a quién le han cortado la mano y luego quién se la ha cortado. Todo parado porque llegaba el Caudillo a cazar y las fuerzas vivas le piden que se concentre en su seguridad. Y él, desobedeciendo en cuanto llega la comitiva y se van todos a misa. Como le dice al agente primerizo que teme desobedecer: No se apure, los malos están en la iglesia. Me hizo reír esa frase. Otras me helaron la sonrisa. ¿Sabéis vosotros quienes eran los sustancieros? El hambre que pasamos, Dios mío, que hambre. Los guardias civiles también, pero con el poder que tenían, era menos hambre. No me extraña que uno de los compañeros de Carmelo aprovechase las rondas por la sierra para hacer de furtivo. ¿Quién le iba a decir nada a quién tenía que evitar que hubiera furtivos? Algún pringado a quien culpar siempre había. Y Carmelo y todo el cuartel se aprovechan. Cuando no había carne, a mascar hojas de hierbabuena para engañar al estómago. Esos son los detalles que hay que recordar y contar.

– Y aún así, te ponen nostálgica.

Que pesada estás, Mercedes, muy pesada. La nostalgia me la puedo permitir ahora que todo pasó y tengo el estómago lleno y vienen tiempos mejores con la subida de 0,7€ en la pensión. Ya la hubiesen querido para sí Carmelo y sus compañeros que tenían que pagarse ellos mismos sus uniformes. Lo que me extraña y el libro no resuelve, es por qué no distraen alguna oveja cuando las llevan al cuartel a declarar.

O sea que la trama es: un Guardia Civil hambriento y que no es un santo se encuentra una mano, no escolta a Franco y llama a las ovejas a declarar para resolver el crimen.

Mercedes, te falta– le digo- que no sabemos si busca a el cadáver de un pastor sin una mano o a un pastor que ha cortado la mano a su víctima.

Ahí, Abogado, ahí. Se te ha puesto cara de Sherlock y todo – me sonríe Elena- Pero no quiero daros más pistas.

– Venga, solo una más, Elena: ¿el caso es real?

– Claro, Abogado, tan real como nosotros.

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Luis Casas Luengo

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