Labores burocráticas – por RAFAEL DE LA TORRE

Siempre había querido asistir a una conferencia de una personalidad reconocida en el hotel Byron, el más antiguo y exclusivo de la ciudad, y John Watson, un socio de la empresa consultora internacional en donde yo había iniciado mi trayectoria profesional hacía ahora treinta años, era un excelente reclamo.

El tema de la charla también resultaba atractivo: el robot no es tu enemigo, cómo las máquinas nos ayudan, así que me las arreglé para conseguir una entrada y allí me presenté a la hora prevista, vestido de rigurosa etiqueta como marcaba el protocolo, dispuesto a disfrutar a partes iguales de la charla y del entorno.

La probabilidad de coincidir con algún antiguo compañero parecía remota y la de que nos reconociéramos tanto tiempo después de mi salida poco menos que imposible. A pesar de todo y para evitar cualquier riesgo de encuentro indeseado accedí al acto con un DNI robado temporalmente a mi hermano Carlos; si alguien a pesar de todas mis precauciones me reconocía usurparía la identidad fraterna.

Pasé los controles de seguridad sin problemas, por fortuna Carlos no estaba fichado. Una vez en el interior de la sala comprobé que estaba preparada con todos los avances de la tecnología, incluidos unos terminales en cada localidad desde donde se podían teclear preguntas a los ponentes que estos responderían de inmediato o en el debate posterior según juzgaran oportuno. Los asientos eran más incómodos de lo que esperaba en un establecimiento de este nivel.

Dos sillas situadas en el centro de la sala sobre una tarima algo más elevada que el resto estaban reservadas para los ponentes: el consultor, que resultó ser un gordo cuarentón y pelirrojo australiano con más aspecto de bebedor de cerveza que de gurú tecnológico a pesar de su camisa de colores, y el ministro de trabajo, un hombre gris con cara de circunstancias y traje oscuro. Tras una palabras del funcionario comenzó a hablar la estrella: un par de anécdotas del vuelo desde Melbourne y después una lluvia racheada de datos, macrodatos y ultradatos, imposibles de contrastar en el momento, y que los asistentes tragábamos con la mismo devoción que si se tratara de maná en el monte Sinaí. En resumen John ofrecía a los asistentes un mundo maravilloso en donde los “ingenios”, como denominaba a los autómatas, se encargarían sumisos de todas las tareas monótonas, repetitivas o burocráticas, y los humanos, liberados del tedio, seríamos felices y creativos.

El público aplaudía con tesón. Todos menos yo, siempre desconfiado, a quien asaltaba una duda que corroía mis entrañas, así que me animé, o me revelé según se mire, y escribí en mi teclado:

— Señor Watson ¿En qué trabajarán los empleados sustituidos por las máquinas “ingenios”?
— En actividades enriquecedoras — respondió Watson sin dudar— Comprendo su pregunta Roberto —empecé a temblar pues ese es mi nombre—. Casado por dos veces, tres hijos, actualmente divorciado, excompañero de empresa y, ¡qué interesante!, ha venido con la documentación de su hermano —la sala se llenó de murmullos—. No se asuste, sus huellas dactilares en el teclado me lo cuentan todo. Ya veo que no es usted peligroso. Por respeto no sigo leyendo sus datos, es sólo una prueba de lo accesible que puede ser la información.

El público rompió a aplaudir de nuevo y tras un par de minutos de homenaje que a mí me resultaron eternos, el hombre continuó:

— ¿Qué sucedió en la banca cuando aparecieron los cajeros automáticos? — bebió un sorbo de agua dramático —. Nada, amigos Roberto y resto de la concurrencia, absolutamente nada. Los empleados humanos se dedicaron a otras labores. Labores mejor remuneradas, más divertidas si me permiten — público en pie, más aplausos—. Así de sencillo Espero haber aclarado sus dudas y, por favor —esta vez se dirigía a mí—, dele recuerdos a Carlos, su hermano.

Los asistentes, incluido el ministro reían, todos menos yo que no sabía dónde esconderme y dos guardias de seguridad, quienes serios me miraban y esperaban instrucciones. Por fortuna Watson no había leído al público que desde la consultora había pasado a un banco y de allí me despidieron pues sobraba personal. Los agentes comenzaron a aproximarse sin disimulo a mi sitio, ya habían recibido órdenes. Yo decidí morir matando y escribí todo lo rápido que pude:

— Veo en sus ojos un brillo extraño. ¿Ha llorado o ha bebido antes de venir? Lea mi informe hasta el final antes de contar mentiras. El día menos pensado, sus “ingenios” acabarán con nosotros.
— El brillo de mi mirada es metálico —aclaró mientras los matones llegaban a mi altura—, como el de los dos caballeros que ahora le acompañarán a la salida. Los robots no bebemos ni lloramos. Ni leemos en público lo que no interesa que nadie más conozca.

 

Rafael de la Torre

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