La vendimia del lobo – por LOBO ILUSTRADO

El ruido de los remolques que transportan a los jornaleros resuena en mi cabeza, al igual que la memoria de mis riñones perduraba mientras no pasaba un tiempo prudencial. Me he levantado con la misma alma taciturna y esteparia en la distancia pero que, sin embargo, responde al aullido único, estacional. Me sobrevino la subida de testosterona que conduce a la experiencia gregaria.

Y ya estoy en el corte, liberado en los pagos de Baco. La vid es ahora el nexo de las viejas cuadrillas, el lugar común de la añorada manada, entre polvo, moscas y lumbares maltratadas. Allí donde se presagia la gesta del cuerpo y la mente, veo los rostros ufanos del impulso a destajo, tal que las cepas cargadas de la uva blanca de la discordia.

Después de atender a historias y anécdotas que llenan una ausencia, mi estatus de atípico manejero se ha engrosado con la autoasignada tarea de amoñar y, cojo un liño en solitario. Ahora ando abstraido en los ritmos de una rock band en vivo comprimidos en el moderno artilugio digital que porto en el ceñidor, más propio de humanos “civilizados” que de un lobo. La voz rota del cantante y los acordes de una guitarra desbocada me inyectan un chute de adrenalina que guía mi tranchete como la espada que antaño segó la cabeza del moro invasor. Y los de la cuadrilla más próxima me miran estupefactos, como apuntando a que me hubiera trincado un manojo de setas de las que salen en el montecillo colindante y que no han aparecido todavía por la falta de humedad.

Finalmente respiro, echo un trago y recuerdo que el hombre no es hombre sino ha peleado una batalla, como el lobo no es lobo si no ha luchado para vencer a su trágico destino. Hoy llegué entero a la bandera. Mañana habrá luna y, el cielo proveerá.

 

Las dos Castillas

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