La tregua – por C. SANZ DE BREMOND

—Papá, el tipo ese… el del tercero… ¡otra vez le ha dado por insultarme! ¡No para de llamarme engendro! —comienzo a devorar una bolsa de pipas desparramando su contenido por todo el sofá.

—Pero hija, vamos a ver…, ahora qué le has hecho. No te he dicho mil veces que le dejes en paz…

Estamos en esos días de tregua en los que debemos empaparnos de mentiras y exudar sonrisas; esa obscena obligación de partirse los labios subiendo sus comisuras (¡Huy, me encanta la escritura abigarrada! Debería practicarla más. Por llevar la contra y me señalen, claro).

—Jopé, papá, lo sé, pero es que me saca de quicio. Ayer dejó en el rellano de la escalera la basura sin atar. Nadie me quita de la cabeza que tiene un pasado oculto y sinieeeestro. ¿Te has fijado que levanta una ceja cuando se enfada? ¿Y cómo chasca la lengua al hablar?… ¡Escucha…! —Un sonido gutural hace retumbar el aire. Me incorporo al mismo tiempo que media cáscara de pipa sale proyectada de entre mis dientes—. ¡Se ha puesto a cantar un villancico! ¡A las doce de la mañana!

—Carlota, ten paciencia, ese hombre es un genio…  Y aún no me has dicho que le hiciste para que te llamara engendro.

Me vuelvo a tirar sobre el sofá, después de recoger la cáscara de pipa que artísticamente se había posado sobre los cuatro pelos de mi progenitor. Mantengo un silenció prolongado. Hay cosas que hay que meditar antes de abrir la boca. Mis incisivos siguen dándole que te pego a las semillas de girasol. El olor de las mismas me embriaga. Me inspira. Canturreo el villancico…. Haré otro dibujo. Sí.

—Na, le felicité por su santo.

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Consuelo Sanz de Bremond

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