La ruta de las especias – por PILAR RUBIO

 

“Horroroso, en serio, Raquel, aún no me lo creo”, comentó Ana, “imagínate, yo con un gripazo tremendo, volviendo antes del trabajo y me los encuentro allí a los dos, a su bola, como quien dice, y para colmo, en mi propia cama”, terminó entre lágrimas el relato de aquella tarde de hacía una semana, en que su mundo se paró, tras veinte años de girar, si bien de forma algo cansina. “Y Manuel, tú que le conoces, tan antiguo, con la manía que les tenía”. “Que parecía que les tenía”, matizó Raquel, mirando fijamente su taza de café. “Y con lo serio y lo rígido que era, que hasta los tarritos de especias me los hacía colocar por orden alfabético”, “ya, ya”. Detrás de aquellos ojos apenados, coherentes con su amistad de años, Ana creyó intuir un deje levemente divertido. Le pareció otra humillación más, en la tarde, en aquella terraza de verano que brillaba como si todo fuera como siempre, como si no existiera la angustia que llenaba el aire. “Y con el idiota de Vicente, ¿no había otro? Y a su edad, con la vida ya vivida. Y después de veinte años, Y yo en la higuera, !pero si seré imbécil! Raquel se preguntó por qué todas sus frases empezaban por Y, pero calló el comentario. No parecía el momento. “¿Y tú que hiciste al verlos?”, preguntó, comenzando por Y sin darse cuenta. Su escasa distancia emocional, refugiada en aquellos atisbos de guasa que asomaban, se desheló en compasión hacia su amiga cuando oyó la voz de la respuesta, completamente átona, como la de un Servicio de Atención al Cliente: “Nada, yo no hice nada”. La mirada de Ana expresaba una amargura tan desnuda que Raquel se asustó. “Yo no hice nada, ¿me entiendes?, nada, nada”, cada palabra era como una bofetada que se daba, una nueva traición, la peor de todas, la que ella creía haberse hecho a sí misma. “Cerré la puerta y me marché. Yo creo que no me vieron”, apostilló cobarde. “Después, cuando volví a la hora de siempre……”, “cuando volviste, ¿qué?”, “me tumbé en silencio a su lado”, rompió a llorar con un grito rojizo, avergonzado. “En cualquier caso, ¿tú de qué eres culpable?”, “es que…….. yo le quería”. Más que a razonamiento, sonó a disculpa. Se levantó y sin decir adiós, se encaminó hacia el coche.

 

Condujo hasta la noche por las calles. Sin pensar, o casi sin pensar, como si no supiera lo que hacía, salió a una autopista, y siguió adelante, como si no se diera cuenta de que había confundido completamente el rumbo. Como si todo aquello pudiera parecer un accidente. Hasta que un camión, que nunca había dudado del sentido correcto del camino, la detuvo en su intento.

 

“¡Tú eres idiota!”, Ana abrió los ojos, al oir en voz alta la confirmación de su opinión sobre sí misma. Sentada al lado de su cama de hospital, Raquel la miraba con lástima, que la rasgaba como un navajazo. Dolorida, magullada sobre todo en el orgullo, no contestó al insulto. “¿Ni una maldita fractura?, esto no es justo, no hago bien ni quitarme de enmedio, ¡Dios!”. Raquel abrió de nuevo su enorme boca de tocapelotas: “¿Hasta cuándo vas a estar machacándote por no ser lo que pensabas que German querría?, Si has tenido suerte. Veinte años negándote a ti misma e intentando alcanzar su ideal de mujer y ya por fin sabes por qué no puedes serlo. Cuanto más renunciaras a tí misma más te odiaría por no poder quererte, ¿no lo ves?, a mi modo de ver, tus cuernos te liberan. Son lo mejor que te ha pasado en veinte años”. Ana no contestó y se dió la vuelta. Un regalito de éstos le desearía ella a mucha gente.

 

Durante muchos meses, sin embargo, aquellas palabras sonarían en su cabeza como el granizo, como un chaparrón, como lluvia fina después, llegando a disolver la costra de su dolor. Muy poco a poco, se disolvió también su traje de esposa y compañera. Empezó a descubrir, libre y desordenada, sola y sorprendentemente alegre, que el sol seguía saliendo, que a veces también helaba, pero que estaba viva, y aquello estaba bien. En la casa que fuera de los dos, recuperaba una forma de ser que casi había olvidado.

 

Un día llegó la primavera, que según sus palabras, hacía surgir capullos en todos los rincones, y Germán la llamó: “Aquello fue un enorme error”, le confesó, “me dejaría llevar, no sé qué me pasó. Intenta perdonarme”. Volvió la angustia, el deseo, lo que ella recordaba como amor. El se mostraba seductor igual que en los primeros tiempos y Ana parecía feliz de nuevo como entonces. Se encontró esperando sus llamadas, tonteando con un hombre desconocido y familiar al mismo tiempo. Se llenó de recuerdos y esperanzas. Se sintió admirada y joven otra vez.

 

La cita había ido bien. Cenar en la cocina fue buena idea, algo íntimo y familiar. Las velas, derramándose sobre el candelabro, ponían el punto de romanticismo que ella había echado de menos en la anterior etapa de su relación. Germán estaba satisfecho: “Tan buena cocinera como siempre, no sabes lo que he echado de menos tus recetas”. Al levantarse a preparar café, reparó en la estantería de las especias. “Pero Ana, ¡Por Dios!, la canela al lado de la nuez moscada, ¡ay, esa cabecita!, ¡que harías tú sin mí!”, comentó sonriente mientras colocaba los tarros de nuevo por su orden. Ana sacudió la cabeza como si despertase de un bonito sueño. Sirvió el café en silencio y tras un rato simuló un bostezo. “Estoy algo cansada, te acompaño a la puerta y ya mañana hablamos”. Germán la miró incrédulo, “pero…… yo pensé…… ¿no me quedo hoy?”. “No, hoy no”, dijo ella con suavidad mientras cerraba, esta vez sí, la puerta.

 

Ana se quedó sola. Miró todo lo que había hecho y vio que era bueno. Y entonces descansó, esperando el amanecer del día siguiente.

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Pilar Rubio

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