La ruta de Elcano – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

Debía evitar a los portugueses, rumbo al sur atravesaría  el Índico y el Atlántico. Elcano competía con dos grandes peligros, los océanos y los hombres.  Infinidad de  islas dejaron en su camino, navegando durante el día, fondeando las noches en lugar seguro.  Aguantaron la furia del mar con sus embestidas salvajes  hasta que una tempestad  les obligó a varar en una playa.  Dos semanas para reparar la nao, que aguantaba los embistes, orgullosa de sí misma, sabiendo que su resistencia era la salvación de aquellas almas.

Arribaron a Timor antes de lanzarse a una travesía de más de veinte mil kilómetros, la última tierra que tocaron. Ninguno sabía que durante cinco meses no harían escala; ninguno sabía qué les depararía el día siguiente.

Y se adentraron en él. El Índico. El océano más desolado.  La ruta de Elcano, que ayudó a no ser encontrados por los portugueses, fue una navegación acompañada de la más profunda soledad, como si el mundo hubiese desaparecido y fueran solo ellos los supervivientes de una hecatombe. Un océano virgen con vientos y corrientes contrarias que pusieron a prueba, de nuevo,  a la Victoria y a sus tripulantes. Las bajas llegaron pronto, las condiciones de navegación, cada vez más complicadas, con fuertes ventiscas, desesperaron la situación. Algunos incluso pensaron si no sería mejor destino caer en manos de los portugueses. Elcano hizo frente a aquellas aguas tempestuosas,  irascibles y caprichosas.

Soles colgados de lunas se sucedían en una lucha  mortal para muchos; el terror era un compañero más en la travesía. Doblar el  cabo de las Tormentas, unión del Índico y el Atlántico donde ambos luchan para mostrar su supremacía, fue la imagen misma de la muerte. Tempestades, resacas y olas demoníacas, masas de agua entrando en la nao que, a veces estaba en la cresta de la ola, a veces sumergida bajo ella, con los restos de una tripulación semejante a espectros, con daños casi mortales en la Victoria. Y consiguieron rebasarlo.

La travesía del cabo de Buena Esperanza se saldó con veintidós muertos; el escorbuto, la malnutrición, la humedad y el frío se unieron a unas aguas cuyo objetivo era tragarse aquel cascarón de nuez, sepultarlo bajo su manto, aplastarlo como una apisonadora.

Pero salieron. Jirones de personas con el corazón remendado y el cuerpo roto lo lograron. El Atlántico les recibía, la travesía no había finalizado.

 

Lola Sánchez Lázaro

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