La radio

El Argamasón es una pedanía de la ciudad de Albacete. Fue el lugar de residencia de mis abuelos, mi madre y mis tíos hasta 1963.

La casa que habitaban en el pueblo estaba muy bien adaptada a las necesidades de una familia agrícola del momento. La casa donde se dormía y comía daba a la calle General Mola, estando las ventanas de las habitaciones más nobles abiertas hacia ella. Al lado se alzaba un portón de doble hoja que llamaban “las portás” desde donde se accedía a un patio asolanado. Eran lo suficientemente altas como para que pasase el carro y mi tío no se dejase la crisma señalada en el dintel. Al fondo se construyeron un gallinero, una conejera, una gorrinera y una estrecha cuadra para las mulas, así como un cobertizo para los aperos de labranza y la guarda del carro.

En el año 1963, sin embargo, dejaron el pueblo y buscaron piso en Albacete para huir de la dureza del campo y tener una vida mejor.

Mi abuelo se quedó ciego a finales de los años 40. Mi abuela, tan diligente ella, pensó que había que buscarle entretenimiento al abuelo pues se aburría mucho a pesar del cariño y compañía de la familia y de los abuelos. Ahorró durante largo tiempo, y compró una enorme radio de capilla, con su caja de madera oscura, con botonadura de marfil y un dial donde se podían oír hasta radios de Helsinki, en Finlandia, nada más y nada menos. Pero lo más característico era esa forma ojival tan característica y las ranuras del altavoz que simulaban las vidrieras de un ventanal gótico.

radio de capillaMuchos días mi familia volvía tarde del campo. Entonces había vecinos de todas las edades esperando a que llegaran a recogerse. Traían su silla para sentarse, los veranos en el patio y los inviernos en el salón, junto a la lumbre, para oír la radio. Se juntaban a veces hasta cuarenta o cincuenta personas. Eran muy populares los noticieros y los partidos de fútbol. También los concursos de cante donde una vez actuó mi tío Miguel en uno, en Albacete. Decían de él que tenía buena voz para la copla. Se seguían entre llantos y suspiros las radionovelas entre las cuales tuvieron gran éxito “Ama Rosa” y “Simplemente María”, así como los programas didácticos en los que se enseñaba a coser y se daban consejos para gobernar bien el hogar.

Descubrió mi abuela el negocio que había en la radio y se ponía, cual cajera, a pedir algo a los vecinos que querían escuchar la radio. Unas veces le daban unos huevos, otras, un mantecado o un poco de trigo, pues la mujer tampoco abusaba. Alguna vez, eso sí, cuando quería invertir en algo costoso, pedía unos céntimos. Pero todo se dio al traste cuando el señorito Braulio adquirió otra y le hizo la competencia a mi familia. Al ser esta segunda radio de más potencia y la casa señorial mucho más amplia, la radio quedó para mi abuelo y para unos pocos afines a él.

La radio acompañó toda su vida a mi abuelo. Se la colocaba en la mesita, al lado de la cama y, a veces, a las cinco de la madrugada ya estaba puesta. Estaba en la mesa camilla, frente a él y, cada hora, la encendía cinco minutos para oír las noticias. Debido a su ceguera, era lo que más le divertía.

Juan Carlos Vivó

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