La primera vez – por ROSA H. MULA

La primera vez que la gran actriz de teatro Elizabeth Jampolsky actuó sobre un escenario fue un día maldito. Era el día de su décimo cumpleaños, y por muy poco no fue el último.

Un rato antes de la función, Elizabeth, nerviosa y emocionada, se probaba la calabaza detrás del escenario. Vaciada y recortada de forma artística, la enorme calabaza le pesaba en los hombros. Su pulpa húmeda y blanda, en contacto con sus mejillas y empapando su pelo, le producía una leve sensación de desasosiego. A veces le costaba coger aire; tendrían que haberle recortado más el triángulo de la nariz.

Las luces del salón de actos se apagaron. El telón de terciopelo oscuro corrió con pesadez  hacia la derecha. Los focos blancos del escenario iluminaron una estampa que hizo chillar de terror entusiasmado al público infantil. Brujas de vestidos pardos cabalgaban largas escobas, murciélagos de tul negro planeaban por los techos y hombres de paja, con faldones harapientos y pelos de alambre, recorrían deprisa el escenario.

Luego todo se paró y dejó el protagonismo a la estrella del desfile: la Reina Calabaza.

Elizabeth Jampolsky, de cuerpo menudo y baja estatura, salió al escenario con pasitos nerviosos. De la formidable calabaza andante parecía colgar su cuerpecito, cubierto por una malla verde del cuello a los pies. En la mano, una gruesa vela naranja de llama inquieta. La niña parecía una planta rara, un bulbo enorme de otro planeta, andando a trompicones. Cuando las luces la enfocan, brujas, gatos negros y murciélagos, a coro con el público infantil del salón, la reciben con un  ronco ¡Ooohhh, qué miedo! de rendido fervor.

Ante la ovación, y en una pifia escénica que pasó desapercibida a todos, Elizabeth dio una pequeña sacudida, como si le hubiera fallado una rodilla. Recuperando el equilibrio con gracia, trotó por el escenario. Unos minutos más tarde, otra sacudida, esta de mayor envergadura, la hizo caer al suelo. Con ella cayó la vela, cuya llama prendió el viejo telón a gran velocidad. La calabaza se rompió evitando antes que la niña se abriera la cabeza.

Y luego todo fue caos.

Mientras el fuego trepaba por la tela cundió la alarma general. Los niños abandonaron el escenario entre velos de tul negro y satenes naranjas, escobas, gorros puntiagudos fueron pisoteados en la carrera del miedo. Madres que gritaban los nombres de sus hijos; padres que aplacaban a madres asustadas. En un intento de evitar que se notase su preocupación, los profesores mantenían el cuerpo derecho y la velocidad de los andares. Elizabeth, paralizada por el miedo y la culpa, se arrastró fuera del escenario, y dice no recordar nada más. Nunca supo por qué se cayó.

—Desde entonces, y cada vez que voy a salir a un escenario, vuelvo a recordar aquella escena en detalle —me comenta cuando termina la entrevista—. Me tiembla un momento la rodilla izquierda y pienso que me desmayaré…

Se levanta con agilidad del sillón. A sus casi setenta años tiene un cuerpo menudo y mucho empaque.

—¿Y nunca volvió a pasarle nada parecido?

—No, nunca. Toco esto y el susto pasa de largo —sonríe llevándose la mano a una pequeña calabacita de cristal que cuelga de su cuello.

Calabaza

Rosa H. Mula

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