La poesía es un arma cargada de futuro, por PILAR RUBIO #relatos

Yo había vivido ignorando que existían los Carlos hasta ahora. Mi mundo se deslizaba, intacto, somnoliento, en metro y autobuses al trabajo. Por las tardes, paseaba a mis hijos hasta el parque, donde los veía rebozarse en arena, sonriendo. Como si aquello me pareciera lo normal. Después llegaban el baño, las cenas y los cuentos. Dormirse de forma apacible, sin escenas de llanto, debía ser para ellos degradante, una cesión absurda que les alejaría sin remedio de un futuro soñado como señores de la guerra respetables, por lo que solía tener que acudir al empleo de armas de sedación masiva. A veces eran derrotados por los hermanos Grimm. Si me sentía cruel o me habían enfadado, desenvainaba a Andersen, silabeando, pasando lentamente cada página. Para casos extremos estaba la Enciclopedia de las Plantas. Habíamos llegado al Jasminum Officinale. Imagino que habían aprendido a obtener esquejes. O a dormir. Sin más alternativas. No me siento orgullosa de estos actos. Pero sobrevivimos. Todos.
Así habían sido, un día tras otro, un mes tras otro, los últimos tres años.
Hasta que, un día cualquiera, uno de aquellos días que fluían en rebaño, de una manera súbita, violenta, tal como suele ocurrir en las catástrofes, Carlos destrozó aquella calma chicha. A bocinazos. Asistí a ello con la incredulidad con la que te ves un día que vas esquiando y te rompes una pierna, notas un dolor en tu pecho de repente y sabes el corazón se está muriendo, un pequeño temblor allá en el suelo y el mundo es una grieta que destruirá tu casa.
Estaba en mi despacho, simulando escribir un informe, concentrada. Los intelectuales que opinan que la mente occidental no está preparada para la paz, la ausencia de pensamiento, la quietud, deberían investigar en la administración pública española. Harían descubrimientos asombrosos.
Un repentino rumor de suelas funcionarias, trotando de puntillas hacia los despachos interiores, me hizo salir del trance. Americanas grises desmaterializándose al otro lado del cristal de la mampara, evanescentes. Voces, sonrisillas nerviosas. Más voces.
– Hay un tipo gritando ahí en la puerta -. Me informó un miembro de la bandada en ruta migratoria.
Asomé la cabeza. De cabeza rapada, enorme, de dos metros medidos en cualquiera de las tres dimensiones del espacio, King Kong vestido de usuario, Carlos en su nombre castellano, con ademanes ominosos, amenazaba de reducción o muerte a Barbie vigilante, pequeña, moderada, que nunca hablaba alto, partidaria firme del diálogo en cualquier conflicto. Ante la situación, decidí hacer uso de nuestro poder esotérico, desarrollado tras muchos siglos de alquimia y papeleos.
Llamé a un administrativo, ligeramente menos funcionario.
– ¿El usuario -nombre que nos protege de cualquier implicación emocional nociva-, trajo todas las pólizas, documentos, los sellos?- Juro que ví los rostros de mis antecesores flotando en el espacio, asintiendo.
– Sí creo que lo trae todo. Pero es una denegación, ya sabes. Está algo… afectado ¿Lo paso a tu despacho y se lo dices?
– Espera, espera. ¿Todos los requisitos?, ¿la fotocopia del libro de familia?, ¿el pasaporte?
– Nunca habíamos pedido el pasaporte -Me dijo el muy traidor. Cuatro años trabajando juntos. Cuando lo necesito, mírale.
– Desde hoy lo pedimos. Empezamos con él. Imprescindible. Que vuelva el próximo viernes. Se lo dices tú, ¿vale? -Sonreí. Enseñando algún diente.
Así fue como conseguí prorrogar mi vida una semana. Pero el viernes tenía que llegar, inevitable. Como el llamarte imbécil tras meterte una hostia, Como el despertarte en el Hospital tras un infarto, Como el surgir de un Carlos en tu mundo sereno. De manera que, dada al estoicismo como soy, me despedí de mis hijos. Con resignación trágica, la mirada clavada en el infinito. Y más allá. Tomé el autobús. Pero no me dormí. No esta vez. Los semáforos, las calles, los mendigos, todo era como nuevo y último a la vez.
Sentado en la sala de espera, después de mediodía, Carlos se miraba las manos. Manos de camorrista, de nudillos morados. Como final de unos brazos, de bíceps entrenados, quién sabe de qué modo, imponían. Salí por fin de detrás del mostrador de los conserjes. Ni siquiera me tuvieron que arrastrar. Fui hacia mi despacho, solitaria, silbando. Un matorral imaginario rodaba en mi cabeza, llevado por el viento del desierto. Las puertas se cerraban a mi paso. Estirando gradualmente la espalda y las facciones, recuperé mi disfraz de decir no.

– Tengo miedo a perder la maravilla de tus ojos de estatua. Y la sombra que de noche me pone en la mejilla la solitaria rosa de tu aliento -. Bramó Carlos, arrebatado, místico, con su voluminoso cráneo azuleando, a modo de saludo en mi despacho.
– ¿Perdón?, ¿decía?- No confié en las gafas. Miré por encima de ellas. O la vista o el oído fallaban. Quizá el cerebro entero.
– Ná. El libro que tiene ahí en la mesa. Me pone un huevo Lorca, señora. Yo también soy poeta. Sólo de diario, por las tardes después de comer, antes del curro de puerta en la disco. Los findes no puedo, hay demasiado jaleo. Mucho niñato y mucho gilipollas a los que hay que reducir -. Otra vez. Me pregunté si lo practicaría a menudo. Sonaba demasiado literal.
– La poesía es otra cosa, me pone muy blando -. Una lágrima de tamaño XXL se desplomó hasta el suelo. Reventó en mil gotitas con un sonido seco- Los versos son la hostia. Llegan. Aquí, a la patata -. Insistió contusionándose el pecho a puñetazos.
– Lo de ser portero es que no me llena -continuó en tono confidente- Me jode la violencia, tantas hostias…… En fin…., de algo hay que vivir… Aunque… Ahora que se me ocurre, ¿no tendrían ustedes una plaza para mí aquí en esta oficina? He visto que la vigilante… Bueno, no es por criticar, pero lo que es vigilar… vigila poco. Me parece que no sería capaz de reducir a nadie.
– Si usted quiere, un día le podría leer alguno de mis versos. Siempre escribo sonetos. Soy un clásico -…. Un silencio tímido quedó colgado del acondicionado aire del despacho. Sin respuesta concreta más allá de un ambiguo movimiento de cabeza que podría interpretarse como un asentimiento.
A partir de ese comienzo, inspirado y lírico, de nuestra conversación, entendí que mi vida estaba a salvo. Afortunadamente había comido ya. Como el poeta que era las tardes de diario, aceptó estoicamente la negativa estatal a su recurso, saliendo del despacho con gesto impenetrable y la vista perdida en el Parnaso, dejándome sumida en reflexiones sobre el pasado, el futuro, las apariencias, las oportunidades, el destino.
Aprendí a medias. No extraje la verdadera lección de esta historia. Continué viviendo en calma chicha. Sesteando en autobuses. Represaliando a mis hijos con escritores cursis, revisando extraños recovecos corporales donde se puede almacenar arena de los parques, sin apreciar la grandeza de lo que tenía al alcance de mi mano. Incapaz de ver más allá de mis narices, de superar los estrechos límites de lo convencional ¡Cuántos dones del cielo malogrados por prejuicios ocultos bajo escudos “morales”! ¡Que grandes mulas de droga hubieran podido ser estas criaturas!
Meses después, de forma totalmente casual, en contra de lo que propalaron algunos estúpidos rumores, Carlos fue contratado como vigilante en nuestra unidad. Encontró entonces una nueva misión, acorde con sus altos ideales. Espontáneamente por supuesto, que pruebe lo contrario quién se atreva, decidió protegerme de todos los peligros de la vida. De una manera un tanto exagerada que nos llevó a ambos al borde del expediente disciplinario. Nadie parecía creer que el matonismo trufado de endecasílabos rimados en consonante con que rechazaba a los usuarios hostiles a la puerta de mi despacho era instigado por Lorca, no por mí, y que como tal trance poético, era absolutamente incontenible. Una vez convencidas las Altas Instancias de la sutil aunque imperfecta belleza de sus creaciones, que el autor bautizó como “Recitales de sonetos reducientes”, así como de su utilidad marginal, las críticas se esfumaron. Carlos fue puesto en ocasiones como ejemplo de funcionario entusiasta, con iniciativa. Funcionario interino eso sí. Un pequeño matiz, pero importante. Los funcionarios de carrera nos caracterizamos, entre otras cosas, por nuestra sobriedad y contención emocional. Si escribimos, sobre todo poesía, nos lo callamos, hombre.
A veces echo un poco de menos esos tiempos. Quizá se pueda pensar que tuvieron algo de agitados, comprimidos incluso, pero yo los viví desde una paz idílica, desde un rincón sereno en el que meditar.

 

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Pilar Rubio

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