La pequeña Catalina – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #EspañaenRetales #CatalinadeAragón

La gelidez de Alcalá de Henares, en el centro del reino,  fue testigo de su nacimiento. El 15 de diciembre de 1485, en plena preparación de la campaña de Granada,  llegaba la pequeña de cinco hermanos, la última hija de los Reyes Católicos.

Isabel, sin una sola queja que brotara de sus labios, trajo al mundo a la pequeña Catalina, así llamada por su bisabuela materna. Fue recibida felizmente aunque a nivel político  no implicara mucho, la sucesión del reino estaba asegurada. Y ya desde su primera bocanada de aire, los mecanismos de alianzas matrimoniales se pusieron en marcha, las piezas del tablero se movían bajo unos dedos ágiles que nada dejaban al azar.

Fijaron la vista en una Inglaterra herida por la guerra de las Dos Rosas, donde se alzaba una dinastía que tanto daría qué hablar. Los Tudor, con Enrique VII a la cabeza, jugarían un papel fundamental; Arturo, el primogénito y heredero de la Corona, un muchacho de dos años de edad, quedaba prometido en matrimonio a Catalina, una criatura de tres. El tratado de Medina del Campo selló su futuro. Atrás dejaban a Francia, como a un niño diabólico; su inclinación por la Beltraneja  firmó la sentencia.

Creció como una trotamundos, de un lugar a otro, atravesando en mulas y caballos la difícil orografía; escarpadas montañas y llanuras se cedían el paso dando cobijo a poblaciones dispares. La multiculturalidad se respiraba a cada paso.

Con tan solo trece años, la pequeña había pasado la Navidad en once lugares distintos, y siempre sin olvidar su educación, bajo la mirada y protección de una madre atenta y cercana. Ambas compartían muchos rasgos en sus caracteres, la relación fluía en la calidez de la complicidad. De fachada tranquila e incluso dulce, las dos guardaban un intenso carácter y una férrea obstinación.   Esa pequeña que tanto le costó a la reina soltar, postergando su viaje a aquellas tierras extrañas, intentando capturar el tiempo y encerrarlo en un frasco de vidrio.

Y tras aquel peregrinar,  llegaron a Granada en el verano de 1499.  La Alhambra se convirtió en su hogar, de allí saldría dos años más tarde para no regresar jamás.

 

Retrato de Catalina de Aragón por Juan de Flandes

Lola Sánchez Lázaro

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