La otra transición – por CHEMA BASTOS

Hay un periodo de la música española a la que todavía no le hemos puesto nombre. Me refiero al rock y al pop que se hicieron aquí desde el final de la Movida hasta el inicio del Indie, más o menos de 1986 a 1993, entre el Camino Soria de Gabinete Caligari y el Qué Puedo Hacer de Los Planetas, o entre La Negra Flor de Radio Futura y el Chup, Chup de Australian Blonde, para entendernos. Es verdad que las bandas y artistas de esta etapa nunca conformaron un escenario común, ni geográfico ni estilístico, y que esta diversidad no ha favorecido la asignación de un término para referirnos a esta fase; pero en cualquier caso la importancia y calidad de las obras que se gestaron en este periodo llaman cada vez más la atención de los tarados a los que nos gusta esto de la música, y sin duda merecen ser protegidas contra el olvido con un cristiano bautismo, porque lo que no nombramos a veces acaba por desaparecer de la caprichosa memoria común.

Estamos hablando de Los Marañones, Surfin Bichos, Los Ronaldos, Las Ruedas, 091, Los Enemigos, La Granja, Los DelTonos, La Frontera, Los Flechazos, Los Suaves, Barricada, Esclarecidos, Brighton 64, BB Sin Sed, Los Negativos, Los Romeos. Los Burros, El Ultimo de la Fila, Lagartija Nick… Si bien algunas de estas bandas obtuvieron un éxito notable, en general se caracterizan por una cierta frustración de sus expectativas comerciales, al descubrir que la industria musical española que el pop nacional había alimentado tenía bastante de burbuja. El carácter alternativo, de culto o maldito de muchos de estos grupos no responde tanto a una actitud minoritaria deliberada como al fracaso relativo de sus ambiciones, aunque alguno habrá hecho de la necesidad virtud y de su capa un sayo.

En este periodo se consolidaron algunos subgéneros, como el que agrupaba a las bandas del circuito mod (Flechazos en León, Brighton 64 en Barcelona, Los Mestizos en Huesca…) y también durante estos años los devaneos del flamenco con otros géneros causaron varios embarazos deseados, con tres vástagos insuperables: El Blues de la Frontera de Pata Negra, Shongai de Ketama y Échate un Cantencito de Kiko Veneno. Pero en general los grupos de esta etapa de transición practicaron una saludable independencia creativa y consiguieron marcar eso que llamamos un estilo propio, mucho más influyente que influido.

Para muchos la más importante de estas formaciones es la formada en Malasaña, con el nombre de Los Enemigos. El talento incontenible de Josele Santiago fue generando un catálogo de canciones memorables que un ejército de entusiastas seguidores todavía disfruta tanto en estudio como en sus impredecibles directos; y que dos de sus más incondicionales – mi primo Eduardo y mi amigo Nacho – me incrustaron para siempre en la amígdala cerebral con ocasión de un viaje en bicicleta por la costa vasca en 1991. Tras varios discos, con dos hitos difíciles de superar como son La Vida Mata y La Cuenta Atrás., se disolvieron en 2002, aunque su líder firmó en solitario varios excelentes discos. En 2012 han regresado con un nuevo álbum que otorga credibilidad a los siempre sospechosos retornos.

Si hay un aspecto en el que Granada sigue siendo un Reino, es en el musical, y desde luego los monarcas de ese periodo, fueron 091. Cualquiera que se haya puesto a ello sabe lo difícil que es hacer rock en castellano, por eso citar en una canción como Qué Fue del Siglo XX a los psicoanalistas, King Kong, el Dadaísmo y Juan XXIII sin que suene ridículo, solo está al alcance de los grandes. Después de discos memorables como Más de 100 lobos o 12 Canciones sin Piedad, los miembros del grupo se despidieron del público en 1996, para sumarse a otros proyectos granadinos como Lagartija Nick o iniciar otros muy recomendables como el de José Ignacio Lapido.

Ahora que el humor manchego triunfa en toda España, es bueno recordar que a finales de los 80 una banda excepcional situó a Albacete como una capital en el mapa del rock: los Surfin’ Bichos. Aunque empezaron su carrera en el concurso Gente Joven de TVE se convirtieron pronto en el paradigma de grupo alternativo incorruptible, y sus discos como Fotógrafo del Cielo el mejor vehículo para mostrar el universo propio de Fernando Alfaro, pleno de poesía perversa al mejor estilo Baudelaire. Las dos formaciones que surgieron de su escisión, Chucho y Mercromina, nos permitieron a sus fans continuar disfrutando de las creaciones de sus componentes, y a ellos seguir siendo los albaceteños que más alegrías nos han dado, por lo menos hasta que Iniesta metió ese gol…

Con permiso de Los Ronaldos, que refrescaron saludablemente el panorama musical español de entonces, el grupo de esta etapa que mayor éxito cosechó fue sin duda El Último de la Fila. Ni siquiera la dudosa carrera en solitario de su frontman no debería hacer olvidar el impacto que esta banda tuvo con Enemigos de lo Ajeno, y lo fácilmente que logró conectar con el público una fórmula que en cierto modo, recuerda a los Smiths; un carismático cantante al frente y un guitarrista original a su sombra, aunque Manolo García es desde luego mucho más simpático que el bocazas de Morrissey.

Post Movida, Paleo-indie…ahora sólo nos falta buscar un nombre para ese período. O dejarlo así, y seguir disfrutando cada uno del recuerdo de un tiempo en el que ya no éramos tan ingenuos como para creer que todo estaba por descubrir, ni todavía tan cínicos como para pensar que todo estaba descubierto.

ültimo de la fila

Chema Bastos

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