La montaña rusa – por RAFAEL DE LA TORRE

Cuarenta y cinco grados marca el termómetro de mi coche. Alcanza los cincuenta cuando avanzo, es un decir, en medio del atasco detrás de un bus. El autocar se detiene en una parada, le rebaso, regresa el fresco asfixiante confirmado desde la marquesina.

Camiseta sin mangas y pantalón corto con talla del año anterior. En el interior del auto el climatizador a veintiuno. Inocente placer solitario. No abriría las ventanillas ni en caso de ataque nuclear. La gente suda fuera.

La una, noticias en la radio: Donald Trump está mosqueado porque los coreanos del norte han lanzado un misil de larga distancia. Desesperado — yo, no el presidente americano–  huyo de la quema al día siguiente a mi refugio en la sierra. Diez de la noche, once grados, medianoche sólo seis. Enciendo la chimenea en un treinta de junio, transito de las bermudas al pijama de franela, del abanico de plástico chino a la manta de lana de la abuela.

Dos días dura el rescoldo de la leña y retorna el calor. El sol y mi fogón han llegado a algún tipo de acuerdo para relevarse. Cosas del inexistente cambio climático. Otros par de jornadas y aparecen, tatatachán, unas lluvias torrenciales tras meses de sequía angustiosa y  anegan, atascan, aturden la ciudad polvorienta y reseca..

Arriba y abajo. Cima y abismo. Ascenso y desplome como en una desmadrada montaña rusa, Igual ya ha comenzado la guerra termonuclear y yo no me he enterado.

Si alguien me lee,  le ruego confirme que hay más seres vivos en el planeta.

 

Rafael de la Torre

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