La mirada – por DANIEL HUERGA

Él se sentó al borde de la cama. Ella estaba acostada, boca arriba, tapada con una sábana hasta por encima de la cintura. Los brazos extendidos, por fuera de la sábana

–¿Cómo se encuentra? –Preguntó el hombre.

–Bien. Me encuentro bien.

Se miraban a los ojos. La conversación era pausada.

–¿Le duele algo?

–No.

A la derecha de la mujer, al lado de la cama, su marido sentado en un taburete plegable. A la izquierda, un poco más apartada, una hija que aparentaba estar alrededor de los cuarenta se sentaba en un sofá. La enfermera y otros tres médicos contemplaban la escena. La habitación, pequeña, se había llenado de gente pero entre aquel hombre, que vestía de bata blanca y pijama, y la mujer enferma que sostenía la mirada al hombre que le cogía la mano entre las suyas, no había nadie más. Estaban los dos solos.

–Dígame la verdad. ¿Me voy a morir?

El hombre le ofrecía un gesto de ternura con el rostro sereno.

–Todos nos vamos a morir, mujer, –respondió con el tópico y, sin dejar de mirarla, forzó una media sonrisa.

–Ya, pero ya sabe a qué me refiero.

No hicieron falta más palabras para responder a esa pregunta. Hubo un silencio largo con los ojos y ella supo lo que ya sabía.

–¿Cuánto tiempo? –se lanzó a preguntar.

–Una o dos semanas.

Un nuevo silencio, largo, a solas ambos en sus miradas. Al rato, hablando despacio, con mucha paz en sus ojos, la mujer lo rompió.

–Entonces quiero irme a mi casa. No quiero morir en el hospital. Quiero morir en mi casa.

 

MIRADA 2

 

Daniel Huerga

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