La mesa del comedor – por ELENA SILVELA

Sacó la vajilla de su abuela, la de loza marrón con flores de lis. Quitó el polvo de los platos con una mano de agua, como tantas veces viera hacer a su madre. La cristalería que siempre les observaba impasible desde la vitrina del comedor también salió de su guarida. No podía ser más frágil, seguramente alguna de las copas no sobreviviría  a su enérgico fregado. Pero no importaba. Seleccionó tres copas de vino y otras tantas de agua. Por supuesto, también a la cubertería de plata le llegó su turno. Limpió uno a uno los tenedores y cuchillos que iba a necesitar. Puso sobre la mesa de comedor el mantel de las ocasiones especiales y los bajoplatos granates. Los platitos de cerámica para el pan. Las servilletas. Iba colocando cada pieza como si de un ritual sagrado se tratara. Con calma, con movimientos pausados, esos que permiten saborear el momento. No recordaba bien la correcta posición de cubiertos y copas, pero la foto de la última Nochevieja en casa le orientó en la tarea.  El toque final fueron las velas, también de color granate. Contempló el conjunto y no le pareció mal. Casi, casi tenía el mismo aspecto que la mesa de la foto. Cierto que esta vez iban a ser tres comensales en lugar de ocho, pero no quedaba nada mal la visión. Del horno llegaba ya el olor a limón. El guiso estaba en marcha y él estaba seguro de su éxito. Era su especialidad de entre los pocos platos que cocinaba algunos fines de semana.

Oyó la puerta de entrada y encendió rápidamente las velas. El grito de guerra se escuchó con claridad, como siempre.

-¡Estamos aquí! Madre e hijo.- su voz femenina y profunda era inconfundible.

Se arregló el delantal y se colocó en posición firme. Siempre se acordará de la mirada atónita de ambos al toparse con la mesa perfectamente dispuesta en el comedor, primera estancia de la casa. Los ojos de madre e hijo recorrían con estupor la distancia que separaba la mesa de comedor de su persona. Esos instantes de magia que quedan grabados por toda una vida.

El primero en salir de su asombro fue su hijo. Era lo previsible.

-Pero… ¿y ésto? Está preciosa la mesa. ¿Lo has hecho tú, padre? ¿Celebramos algo?

-Celebramos, hijo, celebramos. Claro que sí. Me han nombrado presidente de la filial de mi empresa en Sydney. Nos mudamos a Australia. Todos. A una vida mejor.

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Elena Silvela

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