La melena, por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Era viernes, una noche agradable de últimos de mayo con viento fresco aunque no frío, lo que en Burgos es siempre una buena noticia. La siguiente semana comenzarían los exámenes finales, los últimos de la carrera, aunque ahora ese futuro próximo no figurara entre las preocupaciones inmediatas de Mario. La fiesta de fin de curso había finalizado a las tres y el joven prefirió escabullirse de entre los compañeros que se dirigían a seguir la juerga en los pubs de las Bernardas, la zona pija de la ciudad, en donde siempre había ambiente.

Miró un momento hacia el cielo. Arriba se distinguían entre una inmensidad de estrellas nítidas organizadas en el caos del universo a las inmóviles constelaciones de Orión y de la Osa Mayor. A pesar de su respetuosa compañía estaba solo. Con Lucía, había compartido tareas y trabajos desde primero y él habría jurado que ella le amaba, que vivirían juntos, que encontrarían trabajo, que —si a ella le hacía ilusión pues a él, la verdad, le daba lo mismo con tal de que fueran su pareja— se casarían y tendrían hijos. Hasta adoptarían un perro o un gato a pesar de sus alergias a los animales, si fuera deseo de ella.

Pero Lucia no aceptó acompañarlo a la verbena, no apareció siquiera por la fiesta. Mario quedó imbuido anónimo en la masa, uno más en el grupo de colegas de conga, camaradas desde hacía años —al igual que Lucía— y que dentro de un mes separarían sus caminos en muchos casos para siempre.

Encogió los hombros, sacó las manos de los bolsillos de la trenca para encender otro cigarrillo y buscó con la mirada por todas las callejas que cruzó la melena corta y roja de Lucia. No la encontró. Tampoco sus ojos claros. Esfuerzo desesperado e inútil a la luz de las tímidas farolas.

Para su desgracia, no era Mario el único interesado en Lucía. También Alberto, el de la barba canosa impropia de su edad, estaba enamorado de ella. Y tampoco había aparecido por la verbena. Mario sintió un escalofrío hijo directo de los celos. Aceleró el paso, tiró la colilla al suelo, escupió con rabia, cerró los puños y orientó su paseo hacia la estación de trenes. Sabía que la cafetería permanecía abierta toda la noche. Pero no entró en ella, por ahora prefirió permanecer en la gran sala de espera en donde durante el día vendían billetes de tren, revistas y cupones de los ciegos, y se abrazaban pasajeros recién llegados con familiares y amigos que venían a recibirlos. Miró arriba, hacia el reloj mural. Eran las cuatro en punto y los techos resultaban más altos que nunca. Sólo un tren aparecía anunciado en el tablón de avisos, seguiría destino hacia Madrid y su hora prevista de llegada a la estación era en treinta minutos. Había alguien más en el recinto, un vagabundo o tal vez un pasajero para el próximo convoy. Dormía aferrado a su mochila encima de un banco de madera pintado de verde y con una placa de publicidad de la Caja Municipal de Ahorros en el respaldo. Mario estuvo tentado de seguir su ejemplo y echar una cabezada pero desistió y salió a despejarse con el viento a los andenes, y a fumar el enésimo cigarrillo de aquella noche. Olía a carbonilla.

Se acercó a las vías. Vio al tren acercarse entrando desde el otro extremo de la estación, primero rápido, luego más despacio, hasta que se detuvo aún lejos de donde él se encontraba. Pasaron los minutos de descanso y arrojó la colilla entre los rieles. Nadie subió ni se apeó. Ni el durmiente del banco de la caja de ahorros. El tren arrancó, lento primero, más deprisa poco a poco. Por el mismo portalón por donde Mario había entrado desde el salón a la plataforma distinguió la barba de Alberto. Le seguía una chica. El convoy cada vez estaba más cerca de Mario. Sintió el joven el calor irradiado por la máquina en su arranque, sus soplidos esforzados al desplazar la carga, la rabia en su interior. El joven extrajo de un bolsillo un pañuelo para despedirse hasta la eternidad.

La brisa, atenta, movió un segundo la larga cabellera de la joven y los escasos pasajeros que viajaban despiertos devolvieron a Mario el saludo con la mano.

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Rafael de la Torre

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