La melancolía según Alberto Durero

Siempre me ha fascinado el grabado de Alberto Durero Melancolía I por todo lo que tiene de simbólico y enigmático. Es una imagen compuesta por una figura femenina alada en actitud meditabunda a la que acompañan un angelito y un perro igualmente tristes, todos ellos rodeados de objetos relacionados con la construcción y la arquitectura.

De acuerdo con los expertos sobre la obra de este genial pintor alemán renacentista, esta obra data del periodo entre 1513 y 1514, momento en el que tiene lugar la cumbre artística del autor y al que pertenecen, aparte del que nos ocupa, los grabados San Jerónimo en su celda y El caballero, la muerte y el Diablo.

Sin embargo, Melancolía I no tiene un sentido alegórico tan directo con el de los otros dos, tan fácilmente interpretable, y parece más relacionado con las obras de evidente tinte onírico pintadas por los grandes surrealistas del siglo XX, como Magritte, Delvaux o el propio Dalí.

Hace muchos años leí en Internet un interesante artículo sobre el tema firmado por la experta en historia del arte argentina María Rosa Díaz, que catorce años después he tenido la suerte de recuperar, precisamente debido a que Google nunca olvida (en algunos casos esto es una ventaja). Gracias al análisis de la profesora Díaz he podido acercarme a la comprensión del misterio que plasma este grabado.

Tres referencias aportan luz sobre la obra: la teoría clásica de los cuatro humores, Saturno y los neoplatónicos florentinos, y finalmente, la relación entre la geometría y la melancolía.

Resulta curioso que el grabado en cuestión reciba su nombre de un rótulo que en él nos muestra un murciélago, y que contiene la inscripción Melencolia I. De acuerdo con la teoría de los cuatro humores, muy en boga entre los intelectuales medievales, el ser humano está condicionado por cuatro elementos que establecen las fases de la vida:

  1. La cólera, equivalente al verano, el mediodía y la edad viril.
  2. La flema, relacionada con el invierno, la noche y la ancianidad.
  3. La sangre, asociada a la primavera, la mañana y la juventud.
  4. La melancolía, que representaba el otoño, el atardecer y la edad madura.

El experto alemán Erwin Panofsky afirma que la melancolía era el primero de los humores y de ahí el número que lleva asociado en la obra de Durero. También nos remite a un pensador renacentista, Cornelius Agrippa de Nettesheim, que en su libro De Occulta Philosophia refiere que el ser humano recibe de lo alto sus mayores dotes espirituales e  intelectuales, bien a través del sueño, bien por medio del “furor melancholicus” inducido por Saturno. Ya veremos más adelante qué pinta el viejo Saturno en todo esto.

Continúa Agrippa clasificando a los hombres en tres grupos: los que se guían por la imaginación (artistas y artesanos), los que están dominados por la razón discursiva (científicos y estadistas) y los que ostentan una mente intuitiva que puede comprender los secretos de la divinidad (básicamente los teólogos).

Durero estaría retratando al primer tipo, el artista, que es conducido por su imaginación pero que se encuentra limitado por el espacio y el tiempo (el reloj de arena, los elementos de construcción), situación que le sume en la inacción.

Además de lo anterior, estaban los neoplatónicos de la Florencia de los Médici defendiendo las virtudes de la melancolía, pues según Marcilio Ficino, uno de sus miembros destacados, el propio Aristóteles había dejado escrito que “todos los hombres verdaderamente sobresalientes, ya sea que se hayan distinguido en la filosofía, en la política, en la poesía o en las artes, son melancólicos”. La melancolía es un grado, pues: “Malencolia significa ingegno” (“Melancolía significa genialidad”).

Todo ello bajo la estricta supervisión de Saturno, el titán que para el neoplatónico alejandrino Plotino representaba la mente del universo y la contemplación (no le faltan elementos coincidentes con el Visnú del Hinduismo).

Y finalmente llegamos a la geometría, que a través del instrumental y de los sólidos impone en el grabado su presencia. De hecho, el propio Saturno es representado a menudo como geómetra, de acuerdo con lo que nos expone Panofsky, y a veces aparece portando un compás.

El pensador escolástico Enrique de Gante dividía a los hombres entre las mentes filosóficas y las imaginativas. Los primeros podían convertirse en buenos metafísicos pero los segundos solamente podían comprender el espacio y lo que se sitúa en él. De esta forma concluye María Rosa Díaz:

“Esta es tal vez la idea que más refleja la imagen de la Melancolía de Durero: alada pero contraída en sí misma, tristemente coronada, sumida en las sombras, equipada de los instrumentos del arte y de la ciencia, pero al mismo tiempo incapaz de utilizarlos, sumergida en sus pesimistas reflexiones, consciente de las infranqueables barreras hacia un espacio superior del pensamiento.”

Durero

Pablo Rodríguez Canfranc

Pablo Rodríguez Canfranc Ha publicado 790 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *