La mecedora – por EMILIA MARTÍNEZ RUIZ

Todo parecía ir bien en su vida, transcurría en una sucesión de rutinas alegres y apacibles, como los motivos de sus cuadros que tanto éxito tenían.  Un día acabó la fiesta, se apagaron las luces del salón, las serpentinas de los años felices, los confetis de las horas dichosas, y los farolillos de colores que iluminaban su memoria quedaron revueltos, pisoteados, sucios. Creyó oír doblar campanas mientras “la otra” se llevaba sus espejos, sus imágenes y sus sueños.

Tras el divorcio, se trasladó a un barrio de las afueras, mal comunicado, con edificios todavía en construcción y calles sin asfaltar. Vivía en un piso vacío, los libros apilados contra las paredes, los pinceles, tubos de óleo y lienzos sin terminar esparcidos por el suelo, el caballete arrinconado, la ropa y los zapatos en las maletas, comía cualquier cosa en el bar de la esquina, y de paso compraba tabaco. Sus hijos, afincados en el extranjero, apenas la llamaban y cuando ella les telefoneaba estaban demasiado ocupados para atenderla, y aunque las amistades más queridas y cercanas la apoyaron lo mejor que supieron su mundo se transformó en una densa espiral de color negro. La tristeza, las sensaciones de  abandono y soledad la devoraron durante meses, nunca imaginó que podría llegar a la calamitosa situación en que se encontraba.

Había vendido todos los muebles menos la mecedora de caoba, sobria y estilizada, que alguien, no consiguió averiguar quién, le enviara como regalo de boda. Recordaba que a “él” no le gustó desde el principio, durante su matrimonio sólo se sentó  una vez y acabó por los suelos, dolorido, jurando que aquel  trasto lo había tirado adrede y que después intentó atropellarlo. Tampoco a ella le gustaba, las pocas veces que estuvo sentada tenía la impresión de  estar embalsamada en una cuna de cristal, además permanecía clavada en el suelo como si se negara a mecerla. Pero era su mecedora, se opuso a relegarla al trastero como “él” pretendía, y se quedó en el salón, ignorada por ambos, por sus hijos y por los visitantes, inconscientemente todos procuraban no acercarse a ese mueble.

La mecedora, que nunca se balanceó, era el único mobiliario que tenía ahora en el piso,  junto al balcón. Pasaba horas sentada mirando el descampado desolado y sombrío de enfrente;  también dormía en ella arropada en una manta . Una noche, soñó que caminaba sola al atardecer por una avenida batida por la lluvia y el viento, flanqueada por robles calcinados, vio mariposas ahogadas en fangosos charcos; andaba otra vez por sus antiguas huellas descifrando las señales que dejó su sombra, divisó su casa entre torbellinos de niebla y cuando estaba llegando se alzó resplandeciente la reina de espadas cerrándole el paso, le mostraba sonriendo una gruesa cadena rota.

La despertó la llamada del móvil, era “él”. Antes de que pudiera responder oyó un ruido acompasado, semejante al péndulo de un reloj marcando todas las horas de un tiempo ya transcurrido, irrecuperable; miró a su alrededor, la mecedora se balanceaba produciendo aquel rítmico golpeteo a modo de advertencia. Rechazó la llamada. Contempló el descampado, bajo el sol del mediodía brillaba como una brasa, y su segunda vida empezó a inundarla en oleadas reconfortantes, liberadoras. Mientras, “él” seguía llamándola en vano y el sonido del móvil se disolvía en el del vaivén de la mecedora.

 

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