La lluvia

La lluvia limpia las cabezas y el pavimento. Ya no se salta sobre los charcos y así nos va, desde que nos hemos vuelto tan circunspectos y formales como un vendedor de queso suizo nos da miedo que la lluvia nos moje el pelo. Lo que hasta no hace tanto era una bendición de dios, ahora es un problema.

—¿Ha visto usted algún santo con reloj?

—Yo no.

Llueve en esta mañana de sábado, ahora mansamente, calando. En la calle hay una conversación algo elevada, algo deslavazada, pero sin importancia. Las cosas de la calle, ya sabes, tienen poca importancia.

 

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Las dos Castillas

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