La libertad (capítulo 3 de 3), por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Resumen: Tras una noche de juerga en la que todos intentan meterse en la cama de la protagonista, una mujer sin nombre, ésta, antes de acostarse sola, saca a su perro Lucio al parque para que haga sus necesidades. Tres mendigos en un banco beben y fuman bajo una farola. Ella tiene sensaciones contrarias en las que mezcla el miedo con el riesgo. Es el temor quien vence cuando Lucio se acerca a jugar con los borrachos.

Lucio era el perro de mi madre y lo recogí cuando ella murió. Maldita la hora. En las noches de lluvia tengo pesadillas. Hoy estoy despierta y, ahora en el parque, pienso en ella. Enviudó pronto y Lucio fue el ser al que más quiso en su vida, mi padre y yo incluidos. Más que a mí sin ninguna duda. Del hombre tengo pocos recuerdos, de ella malos. Ni cumpleaños ni cajitas de música, ni primera comunión. Una mujer alta, de moño rubio, ojos claros y aspecto germánico que hubiera deseado no tener hijos y a quien yo estropeé sus planes. Vivíamos en un piso de alquiler grande y céntrico, con muchas habitaciones y un gran salón limpio y ordenado pero sin hermanos ni mascotas, sólo una muñeca pepona sobre mi cama. Yo fui un error y nunca me perdonó. Tuve que pagar la culpa con una infancia solitaria, una adolescencia en un internado londinense, un novio de siempre, de buena familia, a la vuelta, una boda en los Jerónimos, una vida lineal, de maneras correctas y en silencio. Un completo aburrimiento.

Un día reventé: me separé y le regalé a mi madre la mascota que nunca tuve. Le dije que era para que no estuviera sola, en realidad fue una mentira: era mi venganza personal, la obligación de que cuidara a alguien como nunca hizo antes, o al menos no a mí. Hoy sé que murió sólo para devolverme el animal y obligarme a pasar las noches en vela en el parque en compañía del perro. Debe estar disfrutando en su tumba.

Aquí sigo helada, sin amigos, sin pareja, calada hasta los huesos, aterrorizada, casi sobria ya. Y el animal, por fin, se aleja de los hombres hasta el césped, buena señal. Respiro, recobro el ánimo, doy saltitos sin moverme del sitio, él hace pis y regresa… hacia el banco.

“Di a tu dueña que venga, la rubia, que somos tus colegas, que nos vamos a divertir juntos”. Lo ha dicho el que antes me ofreció la bebida en un tono suficiente para que lo escuche. El hecho de ser morena no es un consuelo. Ven, ordeno a Lucio. El perro se deja acariciar. Sus nuevos socios repiten “ven, ven” y yo huyo aterrorizada. Cada vez gritan más y yo cada vez estoy más nerviosa, nadie se asoma a las ventanas, no pasa ningún coche, nadie. Ni tan siquiera el fantasma de mi madre. No entiendo lo que dicen mientras corro. Lucio comienza a andar hacia mí indeciso. Por fortuna ellos nos se levantan del banco. Sólo ríen cada vez más alto. Tal vez sus carcajadas despierten a algún vecino. Las hojas me golpean el rostro, en mi cara se mezclan lágrimas y gotas de lluvia.

Lucio, Lucio. Entro en el portal, en el ascensor, ya no los oigo, tercer piso, letra A. No acierto con la llave. Por fin en casa.

parque nocturno rafa de la torre

Rafael de la Torre

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