La libertad (capítulo 2 de 3), por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Resumen: Tras una noche de juerga en la que todos intentan meterse en la cama de la protagonista, una mujer sin nombre, ésta, antes de acostarse sola, saca a su perro Lucio al parque para que haga sus necesidades. Tres mendigos en un banco beben y fuman bajo una farola.

Vuelve el aguacero. El chubasco me espabila y comprendo la situación: estoy sola, agotada y aburrida. Lucio, lanudo y de tamaño pequeño, no es una garantía para una treintañera en la noche vacía. Tal vez tendría que haberme dejado acompañar por el jefe, el contable o la mallorquina. Quizá por el camarero del restaurante o por el dueño del pub.

Sopeso cambiar de calle ante el presumible peligro pero al final permanezco en el lugar habitual para el desahogo del perro. Es el mismo sitio de siempre y parece desconocido sin niños que jueguen a la pelota y se peleen, sin abuelos que charlen de cuando eran jóvenes mientras esperan a que nada suceda. Los tipos que ocupan el parque ahora nos ignoran y yo suelto a Lucio para que haga lo que tenga que hacer pues atado con la correa el animal es incapaz. Miro a los tres hombres y mido arrobada el riesgo, algo insólito me atrae. Es como pescar en una escollera y esperar que las olas no se enfaden y te arrastren al mar mientras aguardas estúpida a que las sardinas piquen en tu anzuelo. ¿En qué anzuelo? Daos prisa, ordeno sin palabras al perro real y a los peces imaginarios, dos minutos y volvemos al calor, a la cama, al ibuprofeno. Arrecia la lluvia.

Lucio ve a los hombres, se les acerca y olisquea en busca de amigos nuevos. Lo llamo y no regresa. Grito su nombre y me arrepiento. Me han oído, me han visto, he dejado de ser transparente, me huelen, la ola llega con toda la espuma amenazante en su resaca. Ellos repiten “Lucio, Lucio”. El animal se les arrima. Ríen y lo acarician. Lo que me faltaba. Yo desearía estar lejos de esos tipos, tal vez con el jefe, el contable, la mallorquina o el camarero. Él prefiere a los mendigos.

Los tres elevan el tono y se dirigen a mí sin levantarse de sus sitios. Los cuatro, Lucio también ladra. Siento pánico. Uno, el del centro, levanta la botella y me la ofrece, diría que sonríe, los otros gesticulan para que me aproxime. Debería de estar loca para acercarme a probar eso, debo de estar loca al haberme quedado allí. Sospecho que están borrachos — ¿qué hacen si no bajo el aguacero? —, ¿o soy yo quien lo está?, ellos no están obligados a pasear a un puto perro desagradecido. Lo llamo de nuevo y de nuevo me ignora.

Desgraciado.

parque nocturno rafa de la torre

Rafael de la Torre

Rafael de la Torre Ha publicado 85 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *