La libertad (capítulo 1 de 3) – por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Son las cuatro y media pasadas, todos los vecinos están roncando en casa con sus coches perfectamente estacionados, algunos incluso en doble fila. El mío ya no cabe. Me apetece tocar la bocina y despertarlos sin compasión pero no estoy tan ebria. Llueve, jarrea más bien, el limpiaparabrisas de mi Ibiza no da abasto. Además el viento azota con saña las ramas de los árboles y organiza remolinos con las hojas caídas sobre el asfalto. Una noche de perros.

Delante, por si fuera poco, el camión de la basura me obliga a detenerme en cada portal de la calle mientras a mí alrededor los asquerosos olores que genera la porquería en la trituradora aumentan mi sensación de mareo.
Distingo un hueco a caballo entre la acera y la calzada. Es mío. Ha sido difícil encontrar una plaza para aparcar, casi tanto como librarse de los moscones de la oficina en la cena de empresa: el jefe intentando meterme mano por debajo de la mesa, el contable explicando lo mal que se lleva con su mujer, que ya no duermen juntos, la vendedora mallorquina convenciéndome de que debería probar algo nuevo mientras pretende tocarme el culo.

Me duele la cabeza, he bebido y fumado en exceso. Planes, planes. Estoy harta de planes. A la mierda los planes. No tengo amigos. No quiero tener amigos. Todos desean lo mismo: acostarse conmigo, nada más y nada menos. Quiero estar siempre sola. Vivir sola. Dormir sola. Sin jefes sobones, sin contables que se lleven mal con su mujer, sin vendedoras mallorquinas lesbianas.

Lucio está en casa. Hay que sacarlo a la calle, el pobre no aguanta más. Ojalá tuviera a alguien a quien mandar con el perro a paseo. Bajaremos al parque un momento los dos, lo mínimo indispensable, y subiremos para que podamos acostarnos lo antes posible. Por fortuna ha amainado, la lluvia nos da tregua pero no me fío, tal vez sean cinco minutos, no más. Lo justo para que el chucho…

Hay un punto de luz en el centro, en lo alto. Y bajo él, a su pie en el suelo, una botella de plástico, de esas de dos litros de refresco. Está medio llena de algo que podría ser vino. Vislumbro junto a ella el calzado de tres mendigos — ¿qué otra cosa pueden ser aquí y ahora? — sentados en un banco. Existen más asientos libres en la plaza pero faltan farolas que los iluminen. Creo que no hay nadie más. Lo deseo. El alcohol me reviste de una curiosidad temeraria aunque gracias a los restos de sentido común me mantengo en la esquina más distante, más oscura, e intento pasar desapercibida. Los hombres —supongo por sus voces que lo son— están cubiertos con plásticos que brillan con las gotas del agua reflejadas. A veces gritan, a veces susurran. Es la primera vez que los encuentro por allí. Uno arroja una colilla al suelo y los otros dos comparten algo, imagino que tabaco.
Joder, me apetece un cigarrillo, el último se lo llevó la vendedora mallorquina justo después de intentar magrearme el culo. Puesto que no creo en Dios tampoco en el diablo, pero le vendería a éste mi alma por un cigarrillo.

Continuará.

 

parque nocturno rafa de la torre

 

Rafael de la Torre

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