La invención de Mercedes

El último jueves de cada mes La Boutade tiene menos clientes.

– Los habituales ya no se pueden quitar más de comer dice Mercedes y como en los supermercados, esto solo se llena la primera quincena.

Así que ella aprovecha para colocar el género, retirar lo que se vende poco y exponer los últimos títulos que haya recibido.

Este último jueves la he encontrado melancólica, casi sin ganas de colocar nada y sirviéndose mate de a poquito, sin prisas, para beberlo a sorbos. Yo el mate lo probé por primera vez cuando tenía una vida, en una madrugada paraguaya camino de Ciudad del Este. Nos lo sirvieron caliente para el frío de un autobús sin calefacción que recorría los poco más de trescientos kilómetros desde Asunción en más de seis horas. El mate compensó el madrugón y ahora yo tirito con el frío de aquella noche cuando lo huelo antes de beber del vasito que me da Mercedes. Me siento yo ya también tristón, dando la razón a @cobo_n y a @sevillegauthier con quien coincidía el otro día: son lo olores los que nos traen los recuerdos más olvidados. Yo hacía tiempo que no me recordaba en aquel agosto de invierno y apenas me acuerdo ya de Adela con quien trabajaba entonces. Adela que sí acertó en su esfuerzo y a la que sé libre de esta crisis en algún lugar de Bruselas.

– Me has puesto triste Mercedes.

– Toma un poco más y mira.

Y de donde no sé, saca un álbum de fotos. Un álbum caro, de hojas negras y folios de seda entre ellas.

– Mira, esta fue mi vida.

Y van desfilando fotos de una librería pequeña, atestada como La Boutade pero con mesas y barra de café. Gente feliz, sonriendo y una Mercedes joven abrazada a un tipo con melena, barbas y gafas enormes.

– Fue en Córdoba, pero en la Argentina. Cómo llegue y por qué volví, no es asunto tuyo, que luego vas y lo cuentas. Pero si podrás contar que fue la mejor etapa de mi vida, que allí aprendí este oficio y que lo aprendí del mejor profesor que pude tener.

También puedo contarte que aquello duró mientras el país pudo leer y que otro tanto durará esta Buotade, hasta el momento en que esta crisis nos arrase como nos arrasó en Argentina hace ya tantos años.

Hay días como hoy en que rindo homenaje a aquellos amores y a aquella que yo fui. Me siento aquí o en casa. Y miro estas fotos de las que podría decirte cuándo fueron tomadas y quién las hizo. Y poco a poco, me imagino allí con ellos. Y las voy pasando una y otra vez, recordando los mismos detalles, incluso los que no salen en las fotos. Eso es fácil, las fotos no cambian.

Lo difícil es cómo los imagino y sé que si lo repito, que si me empeño una y otra vez podré volver con ellos, que en algún momento sin que me de cuenta estaré en estas fotos, con todo lo que ahora sé y que aprendí sin ellos.

Y sé que abriré aquella librería y serviré cafés y serviré mates, y que esa vez, cuando consiga volver, será para siempre.

– Coño, Mercedes, que me estás contando “La invención de Morel”, no jodas.

– Coño, Abogado, siempre jodiendo el momento.

– Coño, Mercedes, que seguro que este año aún no has vendido las obras completas de Bioy Casares.

– Coño, no, pero anímate que te hago un precio. O al menos cuenta que abro los jueves a las siete por si tus pocos lectores se animan a pasarse.

mate

Luis Casas Luengo

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