La huida – por FERNANDO RUIZ GRIJALBA

A medida que la noche se acercaba su angustia iba en aumento, pero no podía echarse atrás. Después de meses de trabajo y preparación hoy era el día señalado; el monte y el bosque que tenía que atravesar estarían llenos de luz de luna.

Cuando la oscuridad cayó sobre aquella maldita cárcel que le tenía aprisionado desde hacía más de dos años, y los presos de las celdas contiguas estaban dormidos, Tomás comenzó a retirar las piedras de la pared que previamente había removido, estas daban paso al túnel que había excavado y le llevaría hasta la primera fila de árboles, y por tanto a salvo de ser visto por los guardias de las garitas.

Con una gran luna naranja todavía en el horizonte, Tomás se vio fuera de la prisión y empezó su andadura entre aquella espesura. Según sus cálculos debía cruzar aquel gran bosque hasta llegar a la montaña y atravesarla. Al otro lado estaba la carretera con un coche esperándole.
Tenía seis horas para llegar, y siete para que notaran su ausencia, por tanto su ritmo de marcha habría de ser alto y sin complicaciones; por ello escogió una noche de radiante luna llena y así poder andar rápido y seguro por un campo que no conocía.

Dos horas llevaba de marcha cuando entró en un claro, levantó la vista y allí, enfrente, mirándole estaba; precioso astro pensó, aunque ingrávida, horadara y muerta, era su salvoconducto hacia la libertad.

 

Fernando Ruiz Grijalba

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