La historia de Carmela Chamero – por PEDRO PABLO MIRALLES

De mediana edad, siempre sonriente, mirada algo desafiante y aguda, una inteligencia sobresaliente, bien vestida con prendas provenientes de la caridad externa del último centro psiquiátrico donde está internada, después de haber pasado ininterrumpidamente por otros tres. Conversadora incluso con aquellas personas que ella sabe que intentan evitarla porque les han dicho que es peligrosa y la tienen miedo. Su familia era como si no existiese desde que la ingresaron por primera en un centro de este tipo al poco de cumplir los dieciocho años, ahora tiene treinta siete.

Con un vestido estampado de flores pálidas, salió al pequeño jardín como todas las mañanas, junto al grupo de compañeras que ese día le correspondió, todo conforme a la lista confeccionada por la administración siguiendo las indicaciones de los sanitarios. Una vez comprobado que el turno de vigilantes era nuevo, adoptó sus mejores modales, se acercó a ellos y, cuando terminaron de pasar desde el exterior las cajas de cartón con los ingredientes de la comida de ese día, les dijo con natural amabilidad: “buenos días, en poco tiempo comprobaran ustedes que este centro es tranquilo, en los cuatro años que llevo en la Dirección no hemos tenido ningún incidente digno de mención, salgo un momento a hacer una gestión aquí al lado, cualquier cosa que necesiten no dejen de comunicar con mi Secretaria, se llama Alfonsa y, si fuera necesario, ella me llamará al móvil”. “Muchas gracias Doña Leonor, seguro que no hace falta y usted ya sabe dónde nos tiene a su disposición”.

Con todo el aplomo del mundo inició el camino hacia la calle, la puerta del psiquiátrico se cerró y, después de caminar cerca de tres horas, llegó al número 37 de la calle Laúdes, en cuyo portal había una placa dorada que rezaba: “Clínica Dympna, psiquiatría, 3º B”. Llamó al telefonillo, le abrieron el portal y subió andando al tercer piso, llamó al timbre de la letra B y le abrió una señora a la que preguntó por la Dra. Silvestre, “dígale que solo la entretengo un momentito, soy Carmela Chamero” En unos minutos la hicieron pasar, saludó a la doctora con parsimonia, sonriente y, sin sentarse, se limitó a decir de forma expresiva: “Por su gesto compruebo que no se acuerda de mí, pero no la voy a entretener mucho, usted dictaminó la urgencia de que yo fuera ingresada en un psiquiátrico y, en efecto, he pasado dieciocho años seguidos en varios manicomios. Ya estoy en libertad porque siempre he sido libre y nunca voy a dejar de serlo. A usted le toca ahora poner los medios para no volverse loca, alcanzar algún día su libertad, si es que lo consigue, después buscarme, encontrarme y, si lo logra, decirme que se equivocó conmigo y con tantas otras que siguen libres pero encerradas en esos centros a los que muchos profesionales como usted no tienen reparos de enviar. Y, si existe, que Dios la perdone”. La conversación terminó ahí, se produjo un gran silencio, un preciso cruce de miradas y la visita terminó ahí.

Carmela Chamero viajó a otra ciudad de mayor número de habitantes, reinició su vida en el anonimato, comparte habitación con otras dos mujeres en un barrio popular y hoy vende flores, feliz y contenta, en las proximidades de restaurantes, entradas de estaciones del metro y a las puertas de las iglesias.

 

 

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El grito. Eduard Munch

Pedro Pablo Miralles

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