La gota de sangre (y V) – por JUAN CARLOS VIVÓ

Pero, antes de emprender este periplo investigador matutino a Laureana de la Piedad la sorprendió Nazario, que se aprestaba en ese instante a llenar una jarra de agua fresca y otra de vino, al tiempo que cortaba un buen tasajo de lomo en adobo de a palmo. Cuando estaba de buen humor comentaba el hombre que ni en los peores días de su vida había perdonado una comida. Apagó la luz y la estancia volvió a la oscuridad. Laureana siguió sigilosa a Nazario hasta la estancia principal de la casa que hacía las veces de recibidor, salón y comedor y donde transcurría la vida de la familia y donde se desgranaba ahora la soledad de Nazario. Por la luz que asomaba tras las contraventanas aún echadas debía ser muy temprano pero, contrariamente a las costumbres de Nazario que lo llevarían irremediablemente a la taberna a por el primer café y después a las huertas para la faena de cada día, Nazario comió y bebió tranquilamente hasta apurarlo todo en la gran mesa del centro frente a la alacena donde se guardaba la mejor vajilla y donde se amontonaban algunos recuerdos, coronada por el gran daguerrotipo que había sido uno de los primeros retratos de familia que Filemón de la Luz, el boticario, hizo. Había traído de París una cámara que le costó una fortuna y todos los químicos necesarios para tirar fotografías y revelarlas y que causaba furor por su novedad.

Cuando llenó su tripa, la mirada de Nazario se fijó en la foto. Laureana se colocó tras él, a cierta distancia, para observar sin ser vista, distinguiendo solo la nuca de Nazario, sentado, inmóvil, que giraba solo ligeramente el cuello para fijarse en las distintas personas que componían la estampa y prendiendo de vez en cuando un tabaco acompañando sus gestos con hondos quejidos. El papel fotográfico habíase perlado de manchas parduzco-amarillentas que deslucían irremediablemente los prístino blancos y negros primitivos. La composición de la escena era la de la típica foto de familia decimonónica o de los primeros años del siglo XX. Con el fondo del jardín, se situaba primero, en lugar de honor, sentada en una especie de sillón alto que se parecía a un trono, la abuela Eulogia de la Piedad, de la que apenas tenía memoria pero de la que, según contaban, cuando llovía, emanaban esencias de las que aún se conservaba algún frasco y que fueron muy cotizados por la industria perfumera. Tan caras fueron pagadas que sostuvieron la economía familiar hasta su muerte, si bien su marido, que era un balarrasa, dilapidó buena parte de la fortuna en juego y mujeres hasta que unos matones a los que debía dinero, pues lo habían timado con un juego nuevo de cartas llamado póquer, lo atravesaron de pecho a espalda con una navaja trapera de esas que usaba Curro Jiménez para desbarrigar franceses. También a Eulogia se le poblaba el pelo de flores cuando llovía, que cortaba para decorar los rincones del hogar, regalar a los vecinos, llevar a la iglesia para ponérsela a los santos, al cementerio a los difuntos y para alegrar la lenta y feliz muerte de los atados al Roble de los Locos. Sin embargo los años de la Gran Lluvia, esos dolorosos años de aguaceros persistentes que obligaron a la Gran Migración, sentaban muy mal a la salud de Eulogia. Ya en el Pueblo Nuevo, un año llovió continuadamente, haciendo creer a la comunidad que se repetiría el mismo proceso y que deberían buscar otra tierra más propicia, pero no fue así, pues al mes doce, cesó. Eulogia había resistido antes las lluvias de la Década Funesta, pero era mucho más joven. Ese año, sin embargo, la piel se le tornó tierra; las venas, leñosas raíces y vasos que buscaban el suelo para enraizar; el pelo, espigas; el vello corporal, musgo y hongos, por lo que murió entre espasmos y lamentos que desesperaban a quien la oía. Tras ella, también sentada, estaba su madre, Juliana de la Tristeza, que no quiso adoptar el apelativo de la Piedad por provenir de las pocas regiones donde se conservaba la costumbre de no mudar el apellido al casarse. Aun siendo tal pretensión considerada por la comunidad algo propio de gentes extravagantes, extraño a su cultura, ella luchó y luchó por mantener a gala su apelativo. Y la verdad es que lo logró, a pesar de los inconvenientes que le causó mantener firme tal postura. Cuentan también que jamás pudo verse en ella ni siquiera asomar una leve sonrisa en su rostro. No tenía mal carácter, pues jamás se le observo un desplante o una malquerencia, todo lo contrario, era una mujer afectuosa sin remilgos exagerados, servicial y presta a ayudar a quien fuera, pero sin alegría, sin esa energía de la que te dota un afrontamiento feliz de las eventualidades de la vida del que carecía. Su carácter se tornaba inconsolable y abatido, ahondando más en su tristeza, especialmente al sentir las ausencias de quienes morían. Presentía la muerte de sus cercanos, la vivía y la recordaba, pues cada acontecer de este tipo era como si quemase una etapa que la encaminaba a la consunción lánguida de su ser. Por eso, en sus últimos años en este mundo, había disminuido su peso a la mitad; sus pechos eran simples motas invisibles pues se habían secado y vaciado, reabsorbidas en ella; sus manos se convirtieron en sarmientos, unidos dedos y tendones por una telilla que, a la luz del sol o de una vela, dejaban ver la luz; su rostro se afiló y dejó aflorar unas ijadas equinas no perceptibles hasta sus últimos años de vida. Era como si la carne se le consumiera dejando solo incólumes huesos y piel, que aún conservaba cierta belleza. De hecho, en el daguerrotipo recordaba los espectrales grabados de los viejos libros de terror que tanto gustaba releer a aquella mujer. Se podría suponer que quería emular aquellos rostros fantásticos en los que tantas y tantas veces habían llamado su atención. Junto a ella estaba Melquiades de la Piedad, su marido. Lucía un formal traje negro muy propio de la época. La chaqueta abierta por delante y bien entallada a la cintura, con hechuras parecidas a las casacas del siglo XVIII, terminada por detrás en dos faldones que caían hasta las corvas. El pantalón bien planchado, de raya diplomática, hacía juego con los colores de la chaqueta. Se completaba su atuendo con chaleco y camisa y un corbatín que en aquel entonces nombraban como a lo caracol o a lo Byron, aunque ya algo demodé para la aproximada datación del daguerrotipo. Se sostenía su cuerpo con un bastón en el que apoyaba la mano izquierda y una chistera y unos guantes tan blancos como el corbatín, ataviado con la vestidura de quien se apresta a salir a la calle. El gesto de su cuerpo trazaba una curva praxiteliana perfecta, con la rodilla derecha medio doblada mostrando lateralmente el cuerpo de cintura para abajo y el torso y la cabeza de frente pero ya con la curvatura característica de tal perfil dándole un aire grácil pero muy grotesco en un hombre de sus características. Eran sus facciones las que denotaban la incipiente locura que acabaría con él en el Roble de los Locos pero que ya muchos años antes se entreveían en algunos tics, en algunos olvidos sin importancia y en periodos en que estaba ausente y en los que era imposible devolverle a la realidad. A un lado, en un extremo, se situaba Nazario, niño aún, entre unos siete y diez años, aproximadamente, ataviado también con un traje copia perfecta del de su padre. Aún conservaba la lozanía del niño que fue. La verdad es que aquel fue el primer gran golpe que sufrió en su tierna infancia, lo que le quitó la inocencia de la que aún gozaba y marcó con un dolor que nada logró remediar el resto de sus años.

Y, en el centro, ella, su hermana. La habían depositado en un canasto hondo de mimbre. Habían situado debajo un soporte que alzaba su cabeza marcando un ángulo suficiente para que el rostro de Aureola de la Piedad se pudiese observar claramente. Era la faz lívida de una niña que aún era bebé pero que ya se asomaba a la niñez. Se notaban sin demasiado esfuerzo, los maquillajes y colores con que habían simulado la vida de Aureola para la fotografía. ¡Era un ángel y el canasto, un altar! Se hallaba cubierto de una sábana de lino blanco bordado con motivos florales y cornucopias de las que afloraban frutas deliciosas y con calados que daban sensación de relieve. Era una de las piezas del ajuar más antiguas, tejida por su abuela cuyo primer uso debería ser nupcial, no funerario, con la que se sostenía y acomodaba el cuerpo inmóvil de la niña. Aureola apoyaba la cabeza en una almohada también decorada con los mismos motivos. Su vestido era un ropón blanco, inmaculado, como un camisón, sin adorno alguno, confeccionado por su madrina para la ocasión, pues el embalsamamiento era reservado en la comunidad a los padrinos de Bautismo. Ceñía su cintura una pequeña tira de seda que en la fotografía resaltaba por ser más oscura que el resto de ropajes y que Nazario recordaba que era azul marino, de la misma tonalidad que la corona de flores que ornaban su cabeza. Entre sus manos lucía una vara de nardos y azucenas sujetada con una cinta. Su hermana, en esta postura, siempre le había recordado al cuadro de la Inmaculada de la parroquia que presidía uno de los altares laterales, de tan bella y luminosa como se veía, como rodeada de gloria. Rodeando el túmulo mortuorio las macetas, cruces floridas, los floreros y jarrones llevados por familiares y vecinos. El conjunto era un pequeño paraíso, un lugar donde reinaban la paz y el amor, una simulación del lugar al que aspira el alma después de la muerte; era una fotografía de muerto, post mortem, costumbre muy arraigada en muchos lugares de Europa y América y que constituye en sí todo un género dentro de la fotografía; era simular la vida, y la alegría de la vida tras la muerte, pues recordaba Nazario que el funeral fue una fiesta y que se preparó un banquete para todos y que, en el momento de la colocación del cuerpo en su altar, se elevaron al cielo fuegos artificiales que aún son recordados por su fastuosidad, acompañados de melodiosos himnos.

A pesar de ello, una vez acabados los festejos, la familia se refugió en su dolor y en el recuerdo de Aureola y de las tristes circunstancias de su muerte. En Nazario ese sentimiento de pena se transformó en una rabia que aumentaba según iban, con los años, muriendo también los retratados en ese daguerrotipo excepto él, atrapado en su soledad.

Siempre Laureana de la Piedad se había preguntado por qué esa niña muerta era el eje de la vida de la familia, si es que al culto a la muerte se le puede llamar vida; por qué el retrato familiar, ese retrato de muerto presidía la vida de la estirpe vieja de los de la Piedad y, sobre todo, por qué nadie había hecho, -salvo en el momento del funeral- forzados por el peso de las tradiciones del pueblo con las que había que cumplir necesariamente, un esfuerzo por retirar la pesada losa con que el daguerrotipo maldito martirizó y martirizaba la existencia de la abuela, la los padres de Aureola y ahora la de Nazario, su hermano mayor.

Acompañar. Ese era el papel de Laureana. Cuidar de Nazario en su dolor. Ser una presencia beatífica que lo aliviase en su dolor y que le evitase cualquier tentación o mala idea. Por eso, se quedó allí escondida, vigilante, atenta, como hace cualquier gota de sangre, para eso Melquiades de la Piedad la dejo salir del Roble de los Locos.

 

Juan Carlos Vivó

Juan Carlos Vivó Ha publicado 25 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *