La gota de sangre (IV) – por JUAN CARLOS VIVÓ

Laureana se sentía cansada. Había sido un día de mucha faena y  de muchas experiencias nuevas: el reencuentro con la casa y con sus amigos, los animales, la entrada en la casa, el descubrir que todo más o menos seguía igual de tal modo que decidió reponer fuerzas y darse un festín bien merecido de chorizos y buen vino y dormir la mona tranquilamente en un rinconcito, al fresco, hasta que se hiciera de día y la despertase el muy cabrón del gallo con su canto.

Se despertó, efectivamente, al clarear el alba y empezar el numerito diario del gallo, que seguro que cantaría más fuerte para ser el causante necesario de tal efecto en Laureana con lo cual afirmaba su autoridad sobre ella y sobre todos los animales del establo, -así pensaba el muy estúpido-. Lo primero fue revisar las estancias que faltaba por ver con intención curiosa. Había que subir al último piso, a las cámaras, no sin antes echar un ojo en el dormitorio de Nazario donde lo encontró ya en pie afanado en su aseo diario a base de jabón, jarra de agua, zafa, toalla y un restregar muy enérgico.

Las cámaras de la casa tenían una doble utilidad: por un lado, de secadero de los productos de la matanza del marrano. (Sin embargo, por estar a apenas un mes de la época de sacrificio las fuertes varas sujetas con soja y pendientes de las vigas de pino del techo se encontraban mondas de todo producto cárnico). «Buen saque tiene Nazario, – se decía Laureana- para vivir solo»; por otro, de almacén de toda clase de trastos donde se apilaban algunas herramientas de trabajo del campo, que habían sido sustituidas por otras más nuevas y eficientes, varios baúles con herrajes y manijas de hierro, algo ajados por el óxido y fuertemente candados que seguramente contendrían las sábanas de felpa y las mantas de estameña que aún no era necesario usar para cubrir las camas en invierno y servirían de retiro a los vestidos y trajes de los miembros de la familia ausentes. No recordaba que también se usaba la cámara para conservar las patatas, amontonadas en el suelo, sobre una manta y con la piel blanca, no porque fuera su color natural sino porque habían comercializado en el almacén unos polvos casi milagrosos que alargaban la vida de la patata y la preservaban de polillas y gusanos de alambre, tan comunes allí, y que causaban furor entre los agricultores de la comarca. En un lugar algo retirado y muy cubierto de polvo, en la oscuridad, reconoció los baúles donde se guardaba el ajuar de la niña, que con tanto primor y amor acondicionaron para ella su madre, su abuela, sus tías y primas y que nunca se abrió.

Le costó entrar pues seguro que Nazario tendría clausurada la habitación de sus padres, Melquiades y Juliana. Efectivamente, así era. La estancia desprendía el olor a cerrado de un lugar que no se habría refrescado en años. De hecho tuvo Laureana de la Piedad que emplearse a fondo para separar las hojas de la contraventana y levantar los cierres de la ventana. Entró el aire renovador y fresco alzando visillos y cortinas, alzando capas y capas de polvo que prorrumpieron en cantos, risas y músicas, una tras otra, unas cincuenta, que se arremolinaron sobre la cama, giraron sobre sí en un danzar melifluo, tierno, muy etéreo, muy sutil… Se quedaron un rato mirando a Laureana fijamente. Las diferentes capas de polvo, entonces, saludaron cortésmente a Laureana, dándole la bienvenida. Así permanecieron hasta que se despidieron,  encontraron la ventana  y salieron, dejando los muebles limpios y rutilantes, radiantes, como recién encerados y el dormitorio en silencio en agradecimiento a Laureana por haberlas liberado de su cautiverio. En el tálamo matrimonial se dibujaba la pesada solemnidad de lo imperturbable, de escaso número muebles que son ya de la familia y sin la cual no se distinguiría de otras, pues son únicos. El cabecero de caoba traída de las Américas era el mismo que presidía cualquier dormitorio principal antes de la Gran Migración, pues se tenía a gala y se competía en certámenes en las Fiestas de la Comunidad por ver cuál lucía más lujoso, lustroso, limpio y engalanado. El centro del mismo lo adornaba un relieve tallado con la imagen del Sagrado Corazón que Nazario siempre restauraba en sus defectos y cambiaba en su policromía para la competición y que era tan querido por Laureana y por toda la familia. Frente a la cama se situaba la cómoda, donde se apoyaba un gran espejo y, a un lado un armario ropero todo ello con las mismas maderas nobles y repitiendo el mismo motivo decorativo del cabecero en puertas y cajones. Por último, en un rincón se descubría el lavabo.

 

Juan Carlos Vivó

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